25 DE SEPTIEMBRE · FRUTO ABUNDANTE

El Señor Jesús se presenta ante sus discípulos como la vid verdadera, al Padre como el labrador y al creyente como el pámpano o el racimo. Y pone el fruto como el requisito fundamental para permanecer en él. Y la primera referencia va dirigida a aquellos que simplemente participan de las actividades eclesiásticas pero tienen cero fruto para Dios.

Aunque estén físicamente dentro de una comunidad cristiana, ellos mismos por su improductividad se descalificaron. Todo lo que nosotros queramos conquistar; sabiendo que el desarrollo de nuestro ministerio va muy ligado a nuestra fructificación; y por supuesto la palabra de Dios es la que nos da la dirección. En ella podemos encontrar la semilla de vida; y cuando ésta sea sembrada en un corazón sano y lleno de fe, germinará y dará el fruto del milagro que se desea. Esto se debe a que todo el poder de Dios está concentrado en su Palabra, y solo nuestra fe puede activar ese poder y ponerlo en acción.

Nuestros oídos tienen la capacidad de escuchar muchos sonidos a la vez. Por eso, el éxito de oír la voz de Dios, depende de nuestra atención a su palabra. Es decir, que debemos mantener un contacto permanente con su palabra, pues de esta es que sale la voz de Dios que nos dará dirección en los pasos que debemos dar.

La Palabra de Dios no está sujeta a tiempo ni espacio, y Dios no se rige por leyes humanas; fue Él quien estableció el tiempo para los seres humanos, y no hay tiempo establecido para Dios; Él es por siempre y para siempre. Su Palabra se halla en el plano espiritual; y siempre lo espiritual domina sobre lo natural. Cuando la palabra sale de la boca de Dios, no puede regresar hasta que haya cumplido todo aquello para lo cual fue enviada. Mientras haya una sola vida dispuesta a creer en ella, la Palabra cobra fuerza para cumplir su misión en esa vida. Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, mas mi palabra no pasará” (Marcos 13:31).

Una sola palabra que sale de la boca del Señor, se convierte en la llave que abre la puerta a la bendición a través de la fe. “La fe viene por el oír”. Si la fe “viene”, significa que antes no estaba, y su venida sucede cuando creemos con todo nuestro corazón en lo que Dios nos está hablando. De este modo, un rayo de esperanza comienza a alumbrar nuestra vida, haciéndonos conscientes de que por la fe podemos cambiar el aspecto de las cosas.