28 DE SEPTIEMBRE · FRUCTIFICANDO EN DIOS

La naturaleza del pámpano debe ser igual a la de la vid y por lo tal nuestro carácter debe ser semejante al de Jesús. Y el Señor no va a soportar un pámpano que se reúsa a dar fruto.

El mismo Espíritu de santidad que vive en Jesús, también vivirá dentro de nosotros; como él es, así debemos ser nosotros en este mundo. Sin importar nuestro pasado, el tener un encuentro persona con Jesús nos transforma completamente. Nosotros somos como un campo, nuestra vida pasada, es como la maleza que domina en el campo; cuando aceptamos a Jesús como nuestro Señor y Dios, le estamos entregando el derecho legal de lo que él quiera hacer de nosotros. Y como él es la vid; todo el campo lo va a sembrar de las semillas de él, quien es la vid verdadera. Y por lo tal el espera el fruto que debe estar de acuerdo a la semilla.

El apóstol Pablo por mucho tiempo fue el mayor perseguidor de cristianos, pero en una de sus campañas tuvo un Encuentro con Jesús, donde cayendo a tierra por el destello de una luz muy brillante escuchó una voz que le decía: “Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?”, y luego le agregó; “dura cosa te es dar coses contra el aguijón” “Yo soy Jesús a quien persigues”. Al quedar sin vista, la voz que escuchó le dio instrucciones claras sobre el lugar al que debía ir para recuperar su visión, 3 días estuvo allí y en el transcurso de ese tiempo recibió convicción de pecado, la seguridad de su salvación, reconoció que Jesús es Dios y que vino a este mundo a salvar a los pecadores, esto lo podemos ver en Hechos 9. Pablo también declaró en 1 Timoteo 1.15: “…que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”. Cuando una persona reconoce su condición de pecador y se arrepiente, es lavado con la Sangre de Jesús y son rotas las cadenas que lo hacían esclavo.

Lo mismo experimenté en mi encuentro con Jesús, pude verme por dentro y al hacerlo me espanté pues pensaba que no había nada malo en mí, pero al igual que Pablo tuve que reconocer que era el más grande pecador, esto me llevó a un genuino arrepentimiento y le dije al Señor: “Apártate de mí, no soy digno de ti, yo soy pecador”. Al confesar mis pecados sentí que Su mano entraba dentro de mí y removía toda la maleza que había en mi corazón; ese día nací de nuevo.

La diferencia la note inmediatamente, sentí que ya en mi campo no había maleza, toda había desaparecido, y el Señor fue plantando sus semillas que fueron creciendo y dando fruto con el paso de los años.