26 DE MARZO · FE PARA FORTALECER EL MINISTERIO

El Imperio Romano fue conocido por su poder, riqueza, arquitectura, política y organización social, pero sobre todo por el gran ejército que tenía.

En esos entonces sólo ciudadanos con buena salud podían ser soldados. Además, portar un uniforme constituía una atractiva oportunidad de fama, botín y gloria a costa de hacer un sencillo juramento: Dar la vida por el estado y por el emperador.

Como los requisitos eran mínimos cualquiera se presentaba en los puestos de reclutamiento. Se dice que normalmente enrolaban cuatro legiones al año, cada una compuesta por al menos seis mil hombres, después había otras sub divisiones para conservar el orden y mantener una jerarquía.

Al ingresar todos eran simples soldados, pero dependiendo de sus habilidades y destrezas podían subir de rango, de hecho los más exitosos y veteranos eran nombrados Pretorianos (grupo de guardias exclusivos del emperador). Además, el estado Romano tenía las puertas abiertas para todos los que querían integrar su ejército.

Estas son algunas de las principales razones por las que muchos ofrecían libremente sus servicios.

Dios sigue ejerciendo autoridad absoluta sobre todo lo que ocurre en el planeta. Si bien Él podría impulsar Su obra de Salvación por sí sólo, ha decidido que quiere trabajar junto a su iglesia. Sin embargo, aun así, nadie está totalmente obligado a ser un obrero y servir.

Ese llamamiento comienza con una pregunta: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” Y la única respuesta correcta es: “Heme aquí, envíame a mí.”.