22 DE JULIO · FE QUE DA VIDA

Todo aquel que desee tener una vida de éxito debe vivir siempre en la dimensión de la fe, pues, a través de ella, la relación con Dios se fortalece y puede conquistar todos sus sueños. La fe está por encima de los sentidos y nace en el corazón a través de la Palabra de Dios.

La fe es lo que nos relaciona con el mundo invisible y eterno, pues, para entrar a él, necesitamos primero la experiencia del nuevo nacimiento. Jesús dijo a Nicodemo: “…De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3).

Nicodemo trataba de entenderlo a través de la lógica humana; por eso Jesús le dijo otra vez: “…de cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Así como un bebé recién nacido, a la semana de vida, abre sus ojos y empieza a descubrir el mundo que lo rodea, nosotros, después de experimentar el nuevo nacimiento, comenzamos a abrir los ojos espirituales al mundo espiritual donde reina el Señor. Es notable cómo en la medida que el bebé crece y se convierte en un niño nace en él, el deseo de poseer y obtener cosas, así ya adulto, puede lanzarse a conquistar sus sueños. Cuando nacemos a la vida del Espíritu acontece algo similar. Primero empezamos a descubrir las ricas bendiciones del mundo de Dios; luego, como niños, podemos palparlas y, cuando hemos madurado, podemos lanzarnos a conquistar nuestros sueños. Porque, primero vemos y luego poseemos.

Fe es dejar nuestras debilidades y flaquezas al pie de la Cruz de Cristo, para vestirnos de la fortaleza invencible del Espíritu de Dios. Todos, sin excepción, nos descarriamos y tomamos el camino equivocado; la corriente del mundo nos había arrastrado llevándonos al abismo de la destrucción. Pero Dios tuvo misericordia de nosotros, nos dio entendimiento para comprender nuestra condición y abrir el corazón a Jesucristo para que more en nuestro interior. Pudimos entender que Jesús tomó nuestro lugar, recibiendo el castigo que merecíamos. Él tomó el acta de decretos escrita en contra de cada uno de nosotros y la anuló en Su Cruz, quebrantando el espíritu de maldición que nos perseguía y destruyéndolo para que no cause más tropiezo en nuestra vida. Tomó nuestro pecado y lo concentró en Su propia vida, llegando a la Cruz tal como éramos nosotros, bajo el juicio de maldición. Pues sólo Él podía soportar el castigo decretado para cada ser humano.

Cuando una persona logra desprenderse de la vieja naturaleza, sufre un cambio pues pasa de ser una persona natural y se transforma en una persona espiritual. Cultiva la intimidad con É Espíritu Santo y por ende aprende a moverse en el plano espiritual, el cual es el territorio de Dios.