14 DE JULIO · FE PROTECTORA

La época de Noé no era extraña a la situación de los días actuales. Leemos en el libro de Génesis: “Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años… Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:3-5).

En la mente y el corazón de la gente sólo estaban el mal, el pecado, el placer, los vicios. El Señor Jesús dijo: “Como fue en los días de Noé, así también será en los días del Hijo del Hombre. Comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca, y vino el diluvio y los destruyó a todos”. (Lucas 17:26-27).

Unos ocho meses después de haber conocido al Señor Jesucristo, llegué a la pequeña iglesia donde me congregaba y comencé a orar a eso de las 4:30 de la tarde. Perdí la noción del tiempo y no sé cuánto permanecí orando, pero al terminar, me levanté viendo todo muy oscuro. Experimenté una extraña sensación y al mirar hacia abajo, me llevé la sorpresa de no ver el piso, un abismo se había abierto bajo mis pies. Al observar mucho más abajo, vi una multitud de demonios que se movían como serpientes en la oscuridad. Nada me sostenía y entendí que la misma fuerza de gravedad que existe en el mundo visible, existe en el plano espiritual; si no hay algo que lo sostenga, la tendencia es caer. Entre la sorpresa y la angustia, escuché una voz que me decía: “Si caes ahí, cualquiera de esos demonios te tomará para llevarte a un lugar mucho más profundo, en el que quedarás hasta el día del juicio”.

Cuando escuché aquello, clamé desde lo profundo de mi alma, diciendo: “¡Señor Jesucristo, yo he creído en ti, ayúdame, por favor!”. Sentí en ese momento que una fuerza me tomó por los brazos y empezó a subirme velozmente. Habiendo avanzado, escuché una voz como de trueno que decía: “Todavía no es hora”, y al instante los que me llevaban me soltaron y pude volver a mi cuerpo, temblando, empapado en sudor. No fue exactamente una experiencia de muerte, pero sí una revelación de Dios de lo que pasa después de ella.

Se pueden imaginar la angustia que tuve, dolo de pensar que si caía a ese terrible lugar, eso significaría la condenación eterna. Esa experiencia, no fue una visión borrosa, fue muy nítida, pero después entendí que era Dios preparándome para algunas de las pruebas que luego tendría que enfrentar al respecto y donde en todas el Señor me ha dado la victoria.