28 DE JUNIO · FE PARA VENCER

Jesús venció al mundo y a todas las fuerzas diabólicas que operan en la tierra, trazando la senda para que andemos en Sus pisadas. Tal como Él fue en la tierra, así debemos ser nosotros, usando bien la Palabra de verdad como buenos soldados Suyos. “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10:3-5).

Desde el mismo instante en que aceptamos a Jesús como nuestro salvador, somos en listados en el ejercito de él, y el nos ha dotado de las armas adecuadas para poder enfrentar las fuerzas adversas que operan en las regiones celestes. Estas armas son poderosas para destruir las fortalezas del adversario, e invalidar los argumentos que el mismo diablo haya levantado contra nosotros, ya sea por causa de pecados del pasado y al mismo tiempo podemos identificar en nuestra mente los pensamientos altivos, que tratan de intimidarnos y los someteremos a la obediencia a Cristo.

Quien sea obediente a la Palabra, tendrá el privilegio que tuvo Jesús, disfrutar la presencia divina dentro de sí. Jesús dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:23,24).

Dios ha puesto aquellos que hemos creído en él, como atalayas; pues podemos ver claramente el peligro que se avecina en el mundo espiritual; pero no debemos ser como profetas mudos, sino que es nuestra responsabilidad advertir a la gente sobre el momento difícil que vivimos, motivarles para que abandonen el pecado y vuelvan su corazón a Dios.

¿Qué haría si ve dos niños que juegan algo distantes de sus padres y, sin darse cuenta, caminan hacia un abismo profundo? ¿Cómo reaccionaría? ¡No es asunto mío, no son mis hijos! ¿Cómo les avisaría del peligro? ¿En tono suave les diría que no vayan a ese lugar porque es peligroso? En ese momento sólo pensaría en evitar una tragedia; daría un grito de advertencia, correría a ellos, los tomaría de la mano y los rescataría. Algo similar debemos hacer con los que aún no conocen al Señor; esforzarnos por predicar el Evangelio de diferentes maneras, luchar a través de la fe para que reciban la salvación.