12 DE AGOSTO · FE PARA MOVER MONTAÑAS

Entre todas las semillas del campo, la del grano de mostaza es la más pequeña, a tal punto que podemos comparar su tamaño al de la cabeza de un alfiler; el Señor tomó como ejemplo lo más diminuto para enseñarnos a conquistar lo más grande, y todo aquello que nos parece imposible.

La fe viene como resultado de estar diariamente en la presencia de Dios, pues es en el lugar secreto de intimidad con Él donde recibimos revelación de las Escrituras, fe y dirección para nuestra vida, lo cual nos llevará a conquistar la meta anhelada, siempre y cuando nuestras oraciones sean específicas.

A los seis años de matrimonio, combinaba el ministerio con el trabajo secular. Un día llegué a mi casa tan agobiado y afligido que me encerré en mi cuarto a orar. Aunque iba con la idea de reclamarle a Dios acerca de la situación por la que estaba pasando, el Señor no me lo permitió, y comencé de un momento a otro a orar en otras lenguas, lo más impresionante es que por mi propia boca el Señor me dio la interpretación. El Señor me dijo: “Porque de cierto te digo, que te bendeciré de tal modo, que tú mismo quedarás asombrado y me dirás: basta”.

Al escuchar aquellas palabras quedé maravillado, porque nunca algo así había pasado por mi mente. Cuando me levanté de mis rodillas me sentía el hombre más prospero del mundo. Corrí a ver a mi esposa y le dije: «Mi amor somos prósperos», mi esposa un poco sorprendida me dijo: «¿Cómo?» Le dije: «Dios me habló», ella me respondió: «Que así sea, si él lo dijo, él lo hará». Y desde ese día todo cambio en el área financiera.

A través de Jeremías el Señor dijo: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” (Jeremías 33:3).

Dios a cada uno nos otorgó una medida de fe, ésta es la llave que poseemos para conquistar aquello que en lo natural sería imposible: Pablo dijo: “…conforme a la medida de la fe que Dios repartió a cada uno” (Romanos 12:3).

Quizá usted pensaba que no tenía fe, pero hoy debe saber que la fe está dentro de usted y tiene que comenzar a desarrollarla por medio de una vida de oración.

Usted debe renovar su mente hasta llegar a tener la convicción que el Padre celestial le ha dado la sustancia de la fe, allí podrá comenzar a ver las circunstancias transformadas positivamente; se dispondrá a pensar como Él piensa; a hablar como Él habla, a soñar como Él sueña; y al hacerlo, se impregnará de una fe que supera el entendimiento.