11 DE JULIO · FE PARA GANAR A LOS PERDIDOS

El mayor gozo de mi vida, fue la noche en que tuve mi encuentro con Dios, no existe nada en todo el universo que se pueda comparar con esa extraordinaria experiencia; yo reía, lloraba, alababa continuamente a Dios. En ese mismo instante me determine de estar todos los días en esa intimidad con Dios. desde ese día entendí el valor que Dios ha dado a cada persona.

Uno de los grandes pecados de la sociedad actual es la indiferencia hacia los demás. después de mi encuentro con Jesús me esforzaba en que aquellos que conocía, obtuvieran la misma experiencia que Dios me había dado, pero en muchas ocasiones me encontraba como si le estuviera hablando a una pared; que nada los inmutaba; pero nada de eso me desanimaba.

Dios ha puesto a los creyentes como atalayas, pues podemos ver claramente el peligro que se avecina en el mundo espiritual; pero no debemos ser como profetas mudos, sino advertir a la gente sobre el momento difícil que vivimos, motivarles a que conozcan al Dios que cambia la tristeza en alegría, la soledad, en la dulce compañía del Espíritu Santo; la enfermedad y el dolor en completa sanidad y el hogar caótico en una completa armonía.

¿Qué haría si ve dos niños que juegan algo distantes de sus padres y, sin darse cuenta, caminan hacia un abismo profundo? ¿Cómo reaccionaría? ¡No es asunto mío, no son mis hijos! ¿Cómo les avisaría del peligro? ¿En tono suave les diría que no vayan a ese lugar porque es peligroso? En ese momento sólo pensaría en evitar una tragedia; daría un grito de advertencia, correría a ellos, los tomaría de la mano y los rescataría.

Algo similar debemos hacer con los que aún no conocen al Señor; esforzarnos por predicar el Evangelio de diferentes maneras, luchar a través de la fe para que reciban la salvación. Usted no debe caer en la indiferencia, conformarse con dar un tímido mensaje de salvación y decir para sí: ‘Ya cumplí con darle una palabra de fe; ya le hablé, le advertí y, si no quiere creer, no es asunto mío’. Creo que no debe obrar de esa manera. Debe luchar con todas sus fuerzas y apelar a toda clase de estrategias para rescatarlos para Cristo; insistir de una u otra manera hasta persuadirlos de que Cristo es la única alternativa para ellos.

Aunque Jesús predicaba a las multitudes no obstante en muchas ocasiones, se detuvo a compartir con una sola persona, enseñando que para Dios son importantes tanto un individuo como miles de ellos. Debemos predicar la palabra de Dios, pues la Biblia es la única fuente que puede producir fe en el corazón del hombre. Y cuando la Palabra de Dios llega a los corazones, es que se nace la fe.