AGOSTO 11 · ETERNA REDENCIÓN

Permítame usar un ejemplo que lo llevará a comprender lo que en sí es el lugar Santísimo.  Para una familia, el lugar más privado es el cuarto matrimonial, un espacio privado e íntimo que no está abierto para extraños, solo la esposa y los que ellos determinen quiénes pueden entrar. El lugar íntimo de Dios se conoce como Lugar Santísimo y fue a donde entró Su Hijo Jesús. Al principio, ese sitio estuvo reservado para Adán, pero como le falló a Dios, Él Señor estableció un decreto: “…Carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios”. (1 Corintios 15:50).

El Señor Jesús al ofrendar Su vida por nosotros, obtuvimos eterna redención, Su sacrificio, nos permitió tener acceso al Lugar Santísimo. Si el ADN de Jesús está en nosotros, esa será la llave que nos permitirá entrar a ese lugar privilegiado, donde tendremos acceso directo a la Presencia del Padre celestial; el cual nos amó demostrándolo al ofrendar a Su propio hijo por nuestra redención.

Al permanecer en Él, podemos alcanzar las bendiciones que el Señor preparó para cada uno de nosotros. Como lo dijo el apóstol:

“Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3).

Todo lo que Dios preparó para usted ya está en los lugares celestiales y por medio de su fe puede alcanzarlo. El hombre que aprende a vivir en un camino de fe, hace que todo sea posible, pues creer es la llave que nos mantiene conectados al Reino de Dios.

El salmista David dijo: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Sal 139:1-7).