20 DE AGOSTO · ESTABLECIENDO EL REINO DE DIOS

Debemos ser conscientes que mientras estemos en este mundo, estaremos luchando contra fuerzas adversas de maldad que operan en los aires.  Alguien le preguntó a un general inglés -quien era conocido por sus victorias en el campo de batalla- en una guerra entre dos ejércitos ¿General, cuál tiene la opción de ganar? Este hombre respondió:  “El que avanza”.

Para avanzar debemos:

Primero: Atar al hombre fuerte. El Señor enseñó este principio: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata” (Marcos 3:27). La manera de debilitar la fuerza del enemigo en cualquier guerra, es atando al hombre fuerte. Cuando a éste se ata es cuando se puede saquear su casa. Satanás sabe que cualquier persona que conozca estos principios espirituales, y los ponga en práctica,  lo vencerá.  Debe entender que vencer al hombre fuerte no significa que estaremos erradicando el mal del mundo entero; sabemos que esto lo hará el Señor Jesús. Pero al desenmascararlo, quitamos la influencia del mal de nuestra vida, de nuestra familia, de los negocios, de las finanzas, de la ciudad y de la nación.

Segundo: Resistir al adversario. “Someteos, pues a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Este pasaje nos muestra dos aspectos importantes que debemos tener en cuenta para poder combatir al adversario: el someterse a Dios y el resistir al adversario. Lo uno depende de lo otro. Si usted no se somete a Dios, no podrá resistir al adversario. Nos sometemos a Dios cuando decidimos vivir de acuerdo a Su Palabra; el obedecerla nos ayuda a ser sensibles a la guía que el Espíritu Santo anhela dar a nuestra vida.

Tercero: Declarar la victoria obtenida en la Cruz del Calvario. (Gálatas 3:13). La Cruz representa la maldición de la que Cristo con Su muerte nos redimió. La palabra redimir significa, literalmente, que nos rescató de la esclavitud de Satanás, de la opresión y del engaño del enemigo. Toda la maldición quedó absorbida en la Cruz del Calvario. Cuando podemos entender esto, no importa el tamaño de la maldición que haya estado sobre nuestros hombros, ni los años en que nos haya perseguido, porque fue destruida completamente en la Cruz. Ésta es como un gran imán, y sus pecados, ataduras y maldiciones, son como pequeños alfileres. Si los acerca a la cruz, el magnetismo del imán absorberá todos los alfileres como algo insignificante.

Si los cristianos entendieran que lo que mas nos puede ayudar a obtener la victoria sobre las fuerzas del mal, es cuando entendemos la gran autoridad que el mismo Señor Jesús nos delegó y nos entregó su cetro de autoridad, para que anduviésemos en sus mismas pisadas.