4 DE NOVIEMBRE · ENTRANDO EN LA INTIMIDAD CON DIOS

La ofrenda que agrada a Dios es aquella que va respaldada por sangre, y me refiero a la Sangre de Jesús. Sólo hay un camino para que el rebelde se convierta en una persona recta, y es a través del sacrificio de Jesús. La gracia de Dios va más allá de lo que imaginamos, pues Su Hijo decidió tomar nuestro lugar y pagar por nuestros delitos. Por medio de la Sangre que Él derramó, nos reconcilió con Dios.

El lugar más íntimo del Padre Celestial se conoce como el Lugar Santísimo. Cuando Jesús murió, lo primero que hizo fue entrar al Lugar Santísimo con Su Sangre (Mateo 27:51). El Padre se sentía satisfecho por el éxito de la misión de Su Hijo, quien, al mantenerse en santidad, preservó la pureza en Su Sangre (Hebreos 9:12). Fue Jesús quien abrió el camino para que todos entremos a la Presencia del Padre.

La Cruz de Cristo se convirtió en el único medio disponible para que podamos regresar al huerto de Dios. Así como Adán, que, por comer del fruto prohibido, sufrió las consecuencias de la muerte espiritual, también nosotros, si comemos del fruto de la Cruz, estaremos muriendo al pecado, y esto cambiará nuestra naturaleza. Con esta nueva naturaleza podremos regresar al huerto de la bendición divina para obtener allí todo lo que el Padre en su inmenso amor ha preparado para cada uno de nosotros; el Apóstol Pablo declaró: “cosas que ojo no vio ni oído oyó son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Corintios 2:9).

Ahora vivimos en la tierra como peregrinos porque nuestra ciudadanía es celestial y toda la autoridad que tuvo el Señor Jesucristo en este mundo nos fue delegada a nosotros. “Y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:6). Aunque físicamente estamos en esta tierra, espiritualmente vivimos en la dimensión del Reino Celestial. “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:1-3).

El Señor desea tomar su vida y limpiarla con Su Sangre, anhela hacerlo libre de toda culpabilidad que haya venido por causa de su pasado, de todo vicio y pecado que le ha manchado. El Padre, envió a Su hijo a pagar un precio muy alto para que usted ya no viva fuera, sino que pueda entrar al Lugar Santísimo a tener comunión con Él. Recuerde, su mente se santifica cuando lee la Palabra de Dios, ella es como agua que purifica sus pensamientos. Debe determinarse a vivir en santidad y esto se logra por medio de la revelación de la Cruz.