12 DE FEBRERO · EL VALOR DE UN ALMA

Era la reunión del domingo en la Iglesia. El pastor se dirigió a la congregación y presentó al invitado. Se trataba de un amigo de su infancia, un anciano que comenzó contando una historia: Un hombre, su hijo y un amigo de su hijo estaban navegando en un velero, cuando una tormenta les impidió volver a tierra. Las olas eran fuertes, no pudieron mantener a flote la embarcación, y las aguas los arrastraron a los tres.

Al decir esto, el anciano miro dos adolescentes que mostraron interés y siguió contando: El padre logró agarrar una soga, pero luego tuvo que tomar una decisión: escoger a cuál de los dos niños tirarle la soga. El padre sabía que su hijo iría al cielo, pero el amigo de su hijo no era salvo. La agonía de su decisión era mayor que las olas. Miró a su hijo y le gritó: “¡Te quiero, hijo mío!”, y le tiró la soga al amigo mientras su hijo desaparecía entre la furia del agua.

Un joven de la iglesia le dijo al anciano: me cuesta creer que el padre haya sacrificado la vida de su hijo sin saber si el amigo algún día se decidiría a seguir a Cristo. El anciano, sonriendo le dijo: Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por mí. A mí también me costaría trabajo creerlo, si no fuera porque el amigo que sobrevivió SOY YO.