5 DE MARZO · EL TIMÓN DE NUESTRO DESTINO

Dios le dio al ser humano un timón que lo puede llevar a la gloria o al fracaso, todo depende de a quien le permitimos que tome el control de ese timón.

Cuantos problemas se ha echado el mundo encima por culpa de la boca. Prácticamente el conflicto del ser humano está en sus palabras, nosotros a través de las palabras trazamos la ruta de nuestro destino. Nuestras palabras pueden conducir o a la gloria o a la condenación eterna; a la prosperidad o al fracaso, a la armonía o a la confusión, al éxito o a la desdicha. El Señor Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.

No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:16-20) también enseño: “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mateo. 12:35-37).

Se nos olvida lo que enseñó el apóstol Santiago: “Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.” (Santiago 3:6). “Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.” (Santiago 3:9,10)

Cuantos testimonios hemos escuchado de personas que en el altar prometen las cosas más extraordinarias, tiempo después con esa misma lengua están maldiciendo de la manera más indescriptible a la persona que prometió amar para siempre. Cuantos padres anhelando tener un hijo y cuando lo reciben lo bendicen pero después de unos años lo maldicen con todas sus fuerzas.

El salmista se determinó llenar su corazón de la presencia de Dios, para poder expresarle al Señor la mejor adoración.

Cuando disfrutamos de una comunión íntima con Dios, el Espíritu Santo toca nuestros labios, unge nuestra lengua, y nos da el denuedo que nos impulsa a adorarlo en Espíritu y en verdad.