17 DE ENERO · EL PRECIO FUE PAGADO

Sucedió en la época en que en América se compraban y se vendían esclavos africanos. Uno de esos esclavos, alto y musculoso, en cuyo rostro se dibujaba nobleza de carácter, despertó el interés de un hombre inglés que deseaba comprarlo.

—Si usted me compra —le dijo el esclavo al inglés que estaba arreglando el precio con su dueño—, ¡yo nunca le serviré!

El inglés miró al joven un buen rato, pero no respondió nada. Entró en la oficina del comerciante, pagó el precio por el esclavo, y salió con un documento en la mano.

—Lee esto —le dijo el inglés al atlético e inteligente esclavo.

El joven leyó el documento, y no podía creer lo que leía. Allí estaba legalizada su libertad. Al joven le rodaron las lágrimas y, deponiendo toda actitud agresiva y con voz tierna y humilde, dijo:

—Señor, no sólo seré su servidor, sino que si llega a ser necesario, daré la vida por usted.

Eso es precisamente lo que sentimos los pecadores con relación a nuestro gran libertador, Jesucristo. Cristo vino y pagó por completo el precio de nuestra redención. Él derramó en la cruz su sangre preciosa, con la que compró la libertad para toda la humanidad.

En el mismo espíritu de aquel esclavo africano, podemos decirle a Cristo nuestro Redentor:

«Señor, por amor a ti, y con gratitud por la libertad que me diste, te serviré, te amaré, te obedeceré y te seguiré hasta la muerte.» Sólo así seremos verdaderos seguidores de Cristo.