22 DE ABRIL · EL PLAN REDENTOR DE DIOS PARA EL ARREPENTIDO

Para Dios el valor de cada alma es incalculable, y eso lo demostró al entregar a Su propio Hijo por nosotros. El Apóstol Pedro dijo: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19). Jesús pagó el precio más alto que alguien pueda pagar por nuestra redención.

Jesús sabía que venía a este mundo a cumplir una de las misiones más delicadas: La redención de la humanidad. Él era consciente de que si no la llevaba a cabo, no habría una segunda oportunidad de salvación para Su pueblo. Los sacrificios practicados semana a semana por Israel no eran suficientes para borrar la culpabilidad de sus almas, y por eso, Dios Padre tuvo que permitir que Jesús viniera a este mundo y se convirtiera en Cordero de expiación.

La Cruz del Calvario, era el único sacrificio viable para exonerarnos del pecado de nuestros corazones y liberarnos. La voluntad del Padre era que Jesús redimiera a la humanidad, razón por la cual, preparó un cuerpo humano para que Su Hijo se encarnara en Él, presentándose como sacrificio expiatorio, agradable y acepto ante Dios.

“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz.” (Colosenses 2:14.)

Todos los decretos que Satanás tenía contra usted fueron anulados en la Cruz del Calvario, aquello que le era contrario, fue quitado de en medio y clavado en Ella, gracias a eso, el Señor despojó a los principados y a las potestades demoníacas, exhibiéndolos públicamente, y triunfando sobre ellos.

El Señor cambió la maldición, la hizo a un lado, haciendo que ésta perdiera todo su poder sobre los creyentes (Gálatas 3:13); y a cambio nos dio Su bendición, que es la misma bendición que Dios dio a Abraham y a su descendencia, y que ahora por la fe en Jesús, podemos recibir y hacer parte de nuestra vida.

Pablo dijo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). Luego añadió: “Pero los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).

Después de entender el poder de la Cruz, empecé a aplicar esta revelación en mi propia vida. Todos los días llevaba mi mente, mis pensamientos, mis deseos; también mis debilidades y flaquezas, todo lo dejaba en la Cruz del Calvario. Entendiendo que todo lo malo que había en mí, quedó en la cruz, para que todo lo bueno que es Jesús, viniese a mi vida.