28 DE MAYO · EL PERDÓN ES MEDICINA PARA EL ALMA

Note la pregunta del apóstol acerca del perdón, la hace pues el causante es su propio hermano; el perdón se refiere a las personas más cercanas a nosotros, aquellos con las cuales nos relacionamos a diario sin ninguna desconfianza, pero en el momento menos pensado, sin prever el peligro, dimos la espalda y fue cuando sentimos que el puñal de la traición se incrustaba en nuestra espalda. Y esto es lo que produce el más grande dolor.

Estoy seguro que su resentimiento y dolor no son con el vendedor de algún establecimiento comercial o con el gerente de alguna empresa, sino con aquellos que viven bajo su mismo techo.  A estas personas es a quienes usted debe transmitir el perdón. Es muy importante que comprendamos este principio: Cuando una persona otorga el perdón, quien primero recibe la liberación es ella misma, pues antes que el perdón alcance a quienes le hirieron, éste toca primero sus labios, rompiendo las cadenas de resentimiento que la ataban.
¿Cómo hacerlo?

Sométase a Dios. Cuando uno se somete a Dios, tiene la autoridad de resistir el rencor y el resentimiento; recordemos lo que dijo el apóstol: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13).

Determínese a perdonar. El perdón no es un sentimiento, sino una decisión. Jamás las personas van a sentir una gran alegría de perdonar a los que mas daño le han hecho; pero de algo estoy seguro la alegría la sentirán después. Como lo expresó el profeta a cerca de Jesús: “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.” (Isaías 53:11).

Pero cuando la persona se rehusa en trasmitir perdón la deuda que ya Dios le había perdona se activa inmediatamente. Tal como expresó el Señor en la parábola de los dos deudores: el que no quiso trasmitir perdón y fue implacable con su consiervo porque no le había podido pagar el poco dinero que le debía, olvidando la gran deuda que su amo le había perdonado. Este cayo bajo el juicio divino.

“Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.” (Mateo 18:32-35).

La vida en Cristo se basa en tener un corazón perdonador,  y de la misma manera que necesitamos del perdón de Dios, debemos perdonar a los que nos ofenden.