1 DE FEBRERO · EL INCOMPARABLE CRISTO

En una aldea de Escocia, una mujer acostó a su bebé, bien envuelto en una cobija y lo puso sobre un montón de heno en el campo donde trabajaba. De pronto, una enorme sombra cubrió el lugar y una gigantesca águila se llevó entre sus garras al bebé. Comenzó a volar hasta perderse de vista. Ante la situación un fuerte marinero se ofreció a escalar la montaña donde el águila tenía su nido, pero luego de intentarlo se dio por vencido y regresó sin nada. Después de él, un robusto leñador emprendió el ascenso, pero las fuerzas le faltaron y volvió frustrado. Desesperada, la madre del niño se determinó hacer el intento ella misma. Presa del terror, pero armada de valor, comenzó el ascenso de la montaña y, a pesar del intenso dolor que le provocó la fatiga, no se detuvo hasta que llegó al enorme nido del águila.

Con mucho cuidado rescató a su bebé, se lo ató al pecho y descendió hasta llevarlo de vuelta a su aldea, sano y salvo. ¿Cómo se explica que aquella mujer, a pesar de tenerlo todo en contra, lograra lo que no habían sido capaces de hacer ni el marinero, ni el leñador?

A ella la impulsó un poder extraordinario, el poder del vínculo invisible que la unía espiritualmente a su hijo. ¡Era el poder del amor! Así como este bebé fue preso del águila, también el mundo es presa del pecado. Pero Jesucristo nuestro Salvador, a diferencia de la madre de esta historia, no sólo resolvió arriesgarlo todo por salvarnos, sino que dio su vida para lograrlo.