23 DE ENERO · EL DESPERTAR DE LA GRACIA

Un caminante se sentó en el borde de un viejo pozo. Sólo quería descansar, pero, sorprendido por el cansancio, se entregó al sueño. Cuando lo traicionó la espalda, resbalo Y se fue al precipicio. No alcanzó a gritar ni tuvo la suerte de engancharse en una de las salientes, sino que cayo hacia el fondo del pozo.

Encontró la superficie, comenzó el tortuoso ascenso. A pesar del dolor se arrastró, lentamente escalo fijando la mirada arriba, le parecía inalcanzable el exterior donde veía una luz tenue. batiéndose entre la esperanza y el desaliento, coronó y logró sacar medio cuerpo fuera del implacable pozo. En eso vio la sombra de alguien, así que hizo un último esfuerzo por pedir auxilio. El vecino no comprendió el llamado del moribundo. Confundiéndolo con un fantasma, el infeliz espectro hacía esfuerzos para pronunciar palabra alguna, él vecino le lanzó una enorme piedra que le dio en la frente.

¿Será que al igual que aquel vecino, también nosotros representemos la última esperanza de salvación de algún caminante en nuestra vida? Si es así, más vale que reconozcamos lo que de veras está pasando. Dios espera que le tendamos la mano a ese caminante y no que lo echemos de nuevo al pozo de la muerte espiritual.