28 DE ABRIL · EL CONSTRUCTOR DE LA IGLESIA

Sin lugar a duda el más grande visionario de todos los tiempos ha sido nuestro Señor Jesucristo, quien siendo Dios renunció a todo privilegio, movido por la compasión de redimir a la humanidad. Él sabía por qué estaba en este mundo y también sabía el tiempo con que contaba para culminar Su obra. Al final de Su carrera, Jesús pudo decir “Lo logré” o “Consumado es”.

En el Sermón de la Montaña, el Señor Jesús enseñaba que, al edificar una casa, hay dos clases de personas: el sabio y el necio. El sabio busca un buen fundamento, pero el necio edifica sobre la arena. El fundamento tiene que ver con las piedras, lo sólido o lo firme; la arena son las multitudes, esto es, muchas personas pero no comprometidas. Tanto del primero (Fundamento de la roca) como del segundo, (Fundamento de la arena) el resultado se ve con el paso del tiempo y específicamente en los momentos de prueba.

Las piedras se quedan, la arena se va. Cuando el Señor les dijo a sus discípulos: “… edificaré mi iglesia”, sabía muy bien lo que les estaba enseñando; pues su meta era edificar una iglesia sólida que pudiera soportar las inclemencias del tiempo, debería hacerlo con rocas. Por esto, cambió el nombre de Simón, que significa caña, por el de Pedro, que significa piedra. Lo hizo dando a entender lo que Él haría con cada uno de los que habían sido llamados a conformar su equipo de doce discípulos.

El Señor tenía que escoger entre la arena y la roca para poder conformar equipo que no fuera a sucumbir ante las dificultades.

Jesús sabía que las multitudes son inconstantes, como la arena que está a la orilla de mar, que cuando son movidas por las olas, las arrojan a la orilla de la playa, pero luego esas mismas olas de nuevo van por esa arena y las vuelven a llevar al agua. En cambio, la roca es símbolo de firmeza. Para poder tener éxito en Su ministerio Jesús necesitaba que los discípulos fueran como rocas, que pudieran mantenerse firmes en los momentos de prueba y que nada los moviera en su modo de pensar.

La visión del Señor Jesús ha sido la única que logró traer redención, esperanza y vida a toda la humanidad. Jesús en el ocaso de su vida, “levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:1-3). En su breve reporte Jesús le dice al Padre: “Tengo potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste.” Como podemos ver nadie podrá alcanzar la vida eterna por otro camino que no sea Jesús.