26 DE OCTUBRE · EL RÍO DE LA PROSPERIDAD

La única razón por la que podemos acceder a esta vida abundante es por gracia, como el apóstol Pablo enseñó: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

Ahora, la gracia es el favor inmerecido de Dios para aquellos que no tienen ninguna esperanza. Jesús en su misericordia tomó nuestra escasez y por Su gracia nos dio Su abundancia. También tomó nuestra enfermedad y nos concedió la salud; tomó nuestro fracaso y nos dio su carácter; tomó nuestra maldición y nos dio su bendición. Por esta razón, el Apóstol continúa diciendo: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; como está escrito: repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre” (2 Corintios 9:8-9).

De modo que la gracia de Dios nos une con su abundancia para que podamos vivir holgadamente y además podamos extender nuestra generosidad a otros. Toda prosperidad tiene un mismo principio: la Cruz. En ella se ejecutó el intercambio que nos permite tener la naturaleza de Jesús y acceder a la bendición. De manera que de ella surge un río de prosperidad y es necesario situarnos debajo de esa Cruz pidiéndole al Señor que ese río de prosperidad sea sobre nosotros.

Cuando Dios creó a la primera pareja, no pensó en darle una pequeña porción de tierra. Él fue tan generoso, que le dio la extensión del planeta tierra entero, porque pensaba en ellos y en toda su descendencia.

Pero, ¿Si Dios es tan generoso, porque batallamos con la escasez? ¿Por qué sentimos que la pobreza, la miseria y la escasez rondan a nuestro alrededor? En principio, debemos conocer que la pobreza vino como consecuencia del completo distanciamiento entre el hombre y Dios. Recordemos que cuando el hombre pecó, el primer juicio que Dios dio a la pareja fue: “Maldita será la tierra por tu causa. Espinos y abrojos te producirán”. Más cuando Cristo fue crucificado, lo primero que Él cargó, fue una corona de espinas en sus sienes. La corona de espinas son los espinos y los abrojos que Dios les mencionó a Adán y Eva.

Jesús tomó los espinos y los abrojos y los llevó sobre sus sienes a la Cruz, para cancelar y destruir toda la maldición que vino por causa del pecado de Adán y pasó a toda su descendencia. Cuando usted se vuelve a Jesús, comprende que lo que Él hizo fue para librarnos de una maldición.