24 DE SEPTIEMBRE · EL PRINCIPIO DE LA FRUCTIFICACIÓN

“…el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto.” Juan 15:5. El Señor se presenta en esta parábola como la vid verdadera, el Padre es el labrador de la tierra y el creyente es el racimo de la vid. La savia que fluye por toda la vid es el Espíritu Santo, por lo que no hay manera de que el creyente no fructifique. La clave de todo es permanecer en la vid, teniendo en cuenta que al que lleva fruto lo limpiará para que lleve más fruto (V. 2).

Dios no quiere contar con racimos que en Su vid se vuelvan ociosos y sin fruto, pues el Padre se encargará de quitar aquellos racimos que estén sin fruto. El Señor ha preparado todo para que cada uno de Sus hijos crezca en el fructificar, que lleve fruto, más fruto y mucho fruto. Permanecer en Jesús es mantener contacto con Su Palabra. Teniendo presentes estos dos aspectos, podremos mover la esfera espiritual a través de la oración, pues creo que ninguna bendición espiritual se logra si no sabemos cómo conquistarla en oración por medio de la fe. Aquellos que se resisten a dar fruto para el Reino de Dios, se convierten en leña que alimentará el fuego. Dios sólo se concentra en los que están encendidos espiritualmente y son apasionados por dar fruto abundante para que se glorifique Su Nombre.

Este es el tiempo como creyentes, tenemos que abrir los ojos y entender el tiempo que estamos viviendo y buscar los perdidos, ya que las fuerzas del infierno se han levantado con tanta fuerza para atrapar a la mayor parte de la humanidad en las redes de la maldad y el engaño. Cuando alguien está dormido, es completamente ajeno a todo lo que acontece a su alrededor; es como si la persona estuviera viviendo en otro mundo. Muchas veces podemos permitir que la comodidad o la apatía, nos vuelvan indiferentes a todo lo que acontece en nuestro entorno.

Tenemos el ejemplo de Jonás que prefirió huir antes de tener que predicar a la gente de Nínive. Se fue y se embarcó para ir a un lugar distante, porque no quería que ellos se salvaran. Mientras estaba durmiendo se levantó una fuerte tempestad que amenazaba con partir el barco. Los marineros luchaban por salvarse y cada uno clamaba a su dios, como Jonás dormía ellos lo despertaron diciéndole: “¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizá él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos” (Jonás 1:6).

Los incrédulos motivan al creyente a que se despierte. Hoy sucede lo mismo, nos piden que clamemos a Dios, que no dejemos que sus ciudades y sus naciones se hundan, porque saben que sólo los creyentes tenemos respuesta para sus grandes necesidades. Los creyentes tienen que despertar, no pueden ya permanecer dormidos. Dios nos ha llamado a ganar. El mandato del Señor a su siervo fue: “Vé por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa”. Lucas 14:23.