23 DE MAYO · EL PODER DEL PERDÓN

Fabián un hombre de nuestra congregación, me compartió su testimonio, el cual me impacto. “Tuve un pasado muy difícil, fui maltratado por mi padre; de mis cuatro hermanos con el único que mi papá se desahogaba era conmigo y siempre decía que me odiaba; me castigaba de una manera brutal e inhumana. Aunque tenía apenas cuatro años de edad, me cogía las manos y las amarraba, me echaba a la alberca, me sumía la cabeza como para ahogarme; otras veces me colgaba y me daba vara, me colgaba de las manos y me pegaba muy duro con lo que tuviera.

Mis hermanos, por defenderme también eran castigados, y si mamá intervenía la golpeaba. Crecí con ese gran vacío emocional por la falta de amor paterno; y alimenté el odio hacia él. Esa mala relación produjo una gran rebelión en mí, me llevó a la droga y otros vicios, llegue a tener malas amistades. Viví más de diecisiete años odiando a mi padre, no podía ni verlo, me fastidiaba su presencia. Mi madre fue la primera de toda la familia en hacerse cristiana y empezó a compartirnos la Palabra. Aunque estaba separada de mi papá, luego pudo perdonarlo y permitirle el regreso a la casa; esa situación fue algo terrible para mí. Verlo viviendo bajo el mismo techo fue algo insoportable; como yo era tan rebelde, no quise aceptarlo y traté de hacerle la vida imposible.

A los 25 años me sentía todo un hombre, pero estaba lleno de odio y quería vengarme por lo que él me había hecho. Un día en especial, cuando había llegado a mi casa, mi papá salió del baño (vivíamos en un conjunto residencial en el piso 13), yo venía mal, estaba muy enojado, quería descargar todo el odio guardado por diecisiete años. Oía una voz dentro de mí que decía: “Arrójalo por la ventana”. Después de un buen tiempo de discutir con mi padre, fui a la cocina a tomar un cuchillo y mi mama me dijo: “¡Hijo, no hagas eso, es tu papá!”. Aunque yo no quería entrar en razón, ella me dijo: “Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Efesios 4:26).

En ese momento recapacité, entendí que esa palabra venía de Dios para mí. Me levanté, fui a la habitación donde estaba mi padre, me arrodillé a sus pies y le dije: “padre, perdóname por todos estos años que he vivido negando que eres mi padre y por haber cerrado mi corazón a cualquier expresión de amor de parte tuya”. Aquel día nos abrazamos, nos perdonamos, nos arrodillamos y oramos a nuestro Dios, y mi mamá oró por los dos.

Dios despertó de nuevo el amor hacia mi papá. La relación entre ambos se restauró por completo, pero a los dos meses enfermo y murió; esto me dolió en lo profundo del corazón, porque en verdad lo amaba.”

Esta historia hubiera podido tener un final completamente diferente, si no hubiese sido por la gracia divina y el poder del perdón. El apóstol Juan dijo: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19)