AGOSTO 20 · EL PODER DE LA SANGRE

En esta quinta confesión de la Sangre, podemos tener un cuadro más amplio de lo que fue el sacrificio de nuestro Redentor. Moisés en el libro de Levíticos dice: «y mojará el sacerdote su dedo en la sangre, y rociará de aquella sangre siete veces delante de Jehová” (Levítico 4:6).

Esto fue lo que sucedió con el sacrificio de nuestro Señor Jesús, que por siete ocasiones el derramó Su Sangre y justo en el momento de su muerte, el velo del santuario se rompió.

Jesucristo el único hijo de Dios, asumiendo la naturaleza humana y en esa condición, se desangró, murió tomando nuestro lugar y se constituyó en la máxima revelación divina, manifestando el infinito amor del Dios y Padre para con aquellos que no lo merecíamos. Todo lo que sucedió en la antigüedad fue un prototipo de lo que Jesucristo tendría que enfrentar.

Charles Spurgeon al respecto dijo: “Lo que nuestro Salvador sufrió en Su cuerpo no fue nada comparado con lo que soportó en Su alma. Ustedes no pueden imaginar, y yo tampoco; no puedo ayudarles a imaginar lo que Él soportó internamente. Supongan que un hombre ha ido al infierno; supongan que su tormento eterno puede ser condensado todo en una sola hora; y luego supongan que puede ser multiplicado por el número de los salvos, que es un número que sobrepasa a cualquier cálculo humano”. ¿Pueden ahora imaginarse el vasto cúmulo de miseria que habría habido en los sufrimientos de todo el pueblo de Dios si hubiese sido castigado por toda la eternidad? Y recuerden que Cristo tuvo que sufrir el equivalente a todos los infiernos de los redimidos.

No tenemos que pagar por el Precio de nuestra salvación, ni tampoco por el de nuestra salud y menos por el de nuestra provisión, porque ya todo fue cubierto a precio de sangre. Pablo escribió: “Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres”. (1 Corintios 7:23). Pedro al respecto dijo: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. (1 Pedro 1:18,19).