16 DE ABRIL · EL PODER DE LA COMPASIÓN

Al recibir el poder de Dios en nuestra vida nos convertimos en testigos eficaces del Señor Jesucristo. El Apóstol Pablo llegó a ser uno de los más aguerridos predicadores del cristianismo. Él proclamaba la salvación de Jesucristo con toda su alma; consumía su corazón gimiendo por aquellos que no conocían al Señor y clamaba a Dios, para que Él extendiera Su misericordia y los salvará. Es más, cuando oró por el pueblo de Israel, le dijo: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos” (Romanos 9:3a). Él anhelaba profundamente la salvación de la gente de su nación pues sentía pasión por ganar a los perdidos.

Piense en esto: ¿Cuántas personas podrían ir al infierno, si usted, hoy, dejará de predicarles? Usted tiene que consumirse en pasión por la ciudad donde vive, por su nación. Si decide ser un evangelista, Dios mudará su corazón, le dará las estrategias para ganar, y le proveerá la unción para salir con poder. Cuando hablo de poder, me refiero a que la presencia de Dios lo respaldará y sucederán milagros. Debemos atrevernos a confiar en el Señor.

A veces, al orar por los perdidos, no lo hacemos de todo corazón. Recuerdo que aunque oraba por uno de mis hermanos el más rebelde, nada sucedía. Un día, Dios habló a mi vida y me dijo: “¿Acaso será más fuerte el diablo que Jesucristo?”. Eso me estremeció y dije: “No, no hay nadie más poderoso que Jesús”.

El Señor me enseñó entonces que no sólo debía orar por él sino que debía hacer guerra espiritual por él, pelear por su salvación hasta que sea traspasado de las tinieblas a Su reino admirable. mientras estaba intercediendo por él, el Señor me dio una visión, donde veo a mi hermano en las llamas del infierno; y esto me lleva a interceder con todas las fuerzas de mi alma por su salvación, hasta que sentí esa paz que sobrepasa todo entendimiento.

Meses después mi hermano se encuentra arreglando su auto en el garaje de la casa y se acordó de las veces que le había predicado y decide hacer una oración: Señor, si eres tan poderoso como lo predica mi hermano, quiero que me cambies, pero tendrás que hacerlo tu solo, no te voy a ayudar en nada, porque me siento satisfecho con la vida que llevo.

No alcanzó a terminar la oración, cuando sintió un rayo de luz que le golpeó en el rostro y cayó al piso fulminado. Se levantó asustado y sacudiéndose la ropa, cuando da media vuelta, se lleva tremenda sorpresa al ver su cuerpo tendido en el piso como si fuese un traje sucio roto y completamente deteriorado. y en ese momento oye la voz del Señor diciéndole: Y eso es lo que amas y no quieres dejar. En ese momento él le clama al Señor implorándole misericordia; diciéndole sálvame y te serviré.

En ese instante él regresa al cuerpo y cuando se levanta él ya era otra persona; desde ese instante decidió comprometerse plenamente con el Señor.