24 DE AGOSTO · EL NUEVO NACIMIENTO

Hay momentos en la vida donde el ser humano siente un deseo ardiente de buscar de Dios o encontrar una respuesta de parte de Él.

Job en medio de su aflicción exclamo: “Hoy también hablaré con amargura; Porque es más grave mi llaga que mi gemido. ¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla. Expondría mi causa delante de él, Y llenaría mi boca de argumentos.” (Job 23:2-4). Esa búsqueda tan determinante llevó a Job a un genuino arrepentimiento, tal como él mismo lo expresó: “De oídas te había oído; Mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, Y me arrepiento en polvo y ceniza.” (Job 42:5,6).

Aunque la situación de Nicodemo era completamente diferente, él se acerco a Jesús para expresarle su admiración y respeto; pero lo que mas lo impactó fue la respuesta que le dio el Señor: “… el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” Que el Señor le dijera esto a Zaqueo (quien era ladrón), o a María Magdalena (quien era pecadora), o al ladrón que colgaba en la cruz del lado del mismo Señor, hubiese tenido mucho más sentido, pues esa gente era pecadora y ellos sí serían los más necesitados de un nuevo nacimiento. Pero Jesús se lo estaba diciendo a una autoridad espiritual muy respetada entre los judíos.

El Apóstol Santiago escribió: “Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas” (Santiago 1:18). Dios dejó la puerta abierta para que todo aquel que quisiera, pudiera nacer a la vida espiritual. Jesús dijo: “…si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24). El nuevo nacimiento implica un desprendimiento de la naturaleza afectada por el pecado para que el espíritu pueda fructificar en el reino espiritual.

A través del profeta Ezequiel el Señor dijo: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:26-27). Nadie en el mundo podrá jamás tener dos corazones al mismo tiempo; nadie puede tener un corazón para Dios y otro para el pecado. Quien está del lado de Dios, aborrece el pecado; la promesa de Dios es: Corazón nuevo, espíritu nuevo. “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).