7 DE NOVIEMBRE · EL MEJOR TESORO

Salomón en este capítulo empieza diciendo: “Hijo mío, si recibieres mis palabras, Y mis mandamientos guardares dentro de ti” (Proverbios 2:1). Debemos disponer nuestro corazón en la búsqueda de la verdad, la cual está en la bendita Palabra de Dios, ya que no existe otro libro que nos presente, de una manera tan clara, el camino correcto por el cual debemos conducirnos en esta vida. A la vez, nos da la seguridad y la esperanza para conquistar la salvación eterna.

El consejo que Salomón da es muy acertado para nuestros días, buscar la Palabra como se busca la plata y escudriñarla como si fueran tesoros. Si las personas por un momento entendieran que cada una de las promesas de parte de Dios tienen más valor que cualquier piedra preciosa, se esforzarían por tener más tiempo escudriñando cada enseñanza que el mismo Señor nos dejó a través de Sus siervos, los profetas y apóstoles. Recordemos que la herencia que Isaac dio a Jacob fue comprimida en la bendición que este le dio. Esas promesas marcaron el destino eterno de él y de su descendencia.

Si permitimos que la Palabra de Dios more en abundancia en nosotros, de nuestros labios brotarán salmos, himnos y cánticos espirituales; cambiaremos expresiones de derrota, fracaso y queja por la confesión de la Palabra, que traerá victoria siempre, elevándonos a la genuina dimensión de la fe, y nos lanzaremos a conquistar lo imposible en el Nombre de Jesús. Se dice de John Knox – quien fuera predicador de la época de la reforma en Escocia – que su voz solo infundía más coraje en el corazón de sus oyentes que diez mil trompetas sonando en sus oídos.

Si la Palabra de Dios no ha logrado cambiarlo, es que aún no la ha recibido como es debido. El profeta Jeremías dijo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos” (Jeremías 15:16). La Palabra de Dios produjo sumo gozo en el corazón del profeta; y luego el Señor le reveló el poder de ella: “¿No es mi palabra como fuego, dice Jehová, y como martillo que quebranta la piedra?” (Jeremías 23:29).

El apóstol Pedro escribió: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones.” (2 Pedro 1:19).

La Biblia como libro cerrado no tiene ningún poder, pero cuando creemos en ella y la pronunciamos con nuestros labios, se convierte en la espada del Espíritu. “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10).