9 DE ABRIL · EL DESPERTAR DE LA GRACIA

Debemos ser conscientes que los días que vivimos son demasiado difíciles. Por ello, se requiere el esfuerzo de la iglesia para mantener los ojos abiertos y evitar que el letargo y las presiones de este mundo adormezcan nuestros sentidos espirituales.

Pablo dijo: “La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz” (Romanos 13:12). La noche representa las obras de las tinieblas. Pero antes del regreso de Jesús, Él esclarecerá todas las cosas. En la parábola de las diez vírgenes Jesús dijo: “Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron” (Mateo 25:5). De las diez vírgenes, sólo cinco fueron precavidas y tomaron el suficiente aceite para mantener encendidas sus lámparas.

Esto fue lo único que les ayudó en el momento de dificultad. La iglesia tiene que abrir sus ojos, entender el tiempo que está viviendo y debe salir a buscar los perdidos para despertarlos de su letargo espiritual.

El Señor quiere que nos vistamos de poder como cuando nos ataviamos con un manto. El poder es la autoridad que nos dio a cada uno para ir tras la conquista. Poco antes de ascender al cielo, Jesús dijo a sus discípulos: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Para otorgarnos el poder, Jesús primero tuvo que recibirlo; eso sucedió luego de haber vencido la muerte y por el espíritu de santidad que había dentro de Él. Por ello, después de resucitar dijo a sus discípulos: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:18,19). Cristo nos comisionó como emisarios del reino de los cielos.

“Buscad a Dios y su poder” (Salmos 105:4a). El salmista era consciente de que la única manera de transformar las circunstancias positivamente era a través del poder de Dios. Esto lo podemos ver en la vida de Pedro, quien horas antes de la crucifixión de Jesús se sintió acobardado y le negó en tres ocasiones; mas cuando el Espíritu Santo vino sobre él, su corazón fue mudado de una manera extraordinaria. En un solo instante desapareció el temor y pudo dirigirse a los miles de judíos reunidos con motivo de la fiesta del Pentecostés.

Allí les habló con tanta autoridad que, cuando hizo el llamado, tres mil fueron redargüidos de pecado y decidieron entregar sus vidas a Jesús. Ni las presiones de los líderes religiosos, ni las amenazas, ni la cárcel, ni ninguna otra dificultad lograron que el Apóstol desistiera nunca más de su misión.