ENERO 4 · EL CORRECTO DISCIPULADO

Enoc fue el séptimo en la genealogía de la raza humana. Sus primeros sesenta y cinco años de vida fueron como años perdidos, a tal punto, que en la Biblia no se hace una leve mención de ese tiempo. El nacimiento de su hijo Matusalén lo marcó de una manera tan poderosa, que experimentó un cambio trascendental y radical en su vida. Puedo imaginar a Enoc alzando a su hijo y mirándolo a los ojos, mientras se hacía la pregunta: “La vida que llevo, ¿será el mejor ejemplo para mi hijo?” Comprendió que toda aquella vida de desorden, de querer hacer su propia voluntad, no era algo que pudiera ayudar en la formación de Matusalén. Ahora sostenía en sus brazos su propio destino, pues este hijo era la extensión de su carácter. Y pensó: “Si mi hijo sigue el ejemplo que le he dado, su futuro va a ser de pecado y condenación eterna. Y no quiero eso para mi hijo”.

Puedo también imaginarlo diciendo: “Hijo, quiero hacer lo mejor para ti, quiero que tengas la bendición de Dios y la vida más larga que cualquier otra persona pueda tener. Pero déjame que te ayude con mi ejemplo, pues de aquí en adelante seré otro hombre. Me determino a convertirme en un verdadero siervo de Dios”. Y Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. Esa larga vida fue el resultado del compromiso de su padre, Enoc, con Dios. Por trescientos años Enoc caminó día y noche con Dios, sin permitir ni un solo día que su corazón se distanciara de Él. Enoc agradó tanto al Señor que Él lo tomó y lo llevó en cuerpo y alma a Su Reino. que este mismo principio lo apliquemos en el plano espiritual.