22 DE AGOSTO · DIOS VIVE EN MÍ

Es interesante lo que el Dr. Derek Prince comenta acerca del Espíritu Santo, él dice: “Jesús es Señor sobre la iglesia y el Espíritu Santo es Señor en la iglesia”. Jesús ya no está en la iglesia, Él está sentado en los cielos en los lugares celestiales a la diestra del Padre por eso declaró: “Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros.” (Juan 14:15-18).

Solamente el Espíritu Santo es el único que nos puede revelar toda la grandeza y esplendor que hay en nuestro redentor. Y Él no nos entregará una información recortada; sino que el mismo tomará de la misma naturaleza del Señor y nos la dará a conocer. Además, Él abrirá los ojos de nuestro entendimiento y nos mostrará la senda correcta por la que debemos andar. Espíritu Santo ha escogido nuestro cuerpo como Su morada. Pablo dijo: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16).

Cuando mi hijo Matías tenia seis años, le estaba enseñando este mismo principio, que Dios vive dentro de cada uno de nosotros, y él me dijo: no entiendo porque Dios puede vivir en ti, en mi, y en todos; ¿me lo puedes explicar? Le dije, piensa cuando vamos a la playa y supongamos que hay millones de personas a la orilla del mar y que todas recogen agua en sus manos, pero el mar no se agota.

También todos nosotros necesitamos del aire para respirar, y el aire se mantiene intacto. así es cuando nosotros recibimos del Espíritu de Dios; Él posee tanta grandeza, tanta gloria suya que nos la da a nosotros. El Espíritu de Dios no se agota, Él sigue siendo igual de grande, igual de Dios, igual de poderoso; además nos dio las arras de Su Espíritu Santo, o sea nos dio un anticipo de su gloria, como garantía de que somos de él y él es de nosotros.

Le dije a Matías, piensa en esto: Dios es más grande que los cielos, más profundo que los abismos, más ancho que los océanos, no hay nada que se pueda esconder de él; y siendo ese Dios tan grande, al mismo tiempo se hizo tan pequeño que cabe en nuestro corazón, ese es nuestro Dios. Por eso le amamos y le servimos.