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reflexionar

Sabia usted que existe una especie de águilas tan atrevidas que atacan a las focas. Clavan repentinamente sus garras en la carne de la foca, y con la fuerza de sus alas la arrastran hasta la orilla, procurando llevársela a su nido. Pero la gran mayoría de veces no obtienen éxito, pues la foca es demasiado pesada para el águila, y no pudiendo soltar ésta a su presa cuando está un poco elevada, a causa de la curvatura de sus garras, la foca es la que arrastra al águila, que se ve obligada a entrar en las aguas y se ahoga.

Algo similar le paso al adversario cuando clavó sus garras sobre Jesús pensando que podría hacer con Él lo que mejor le placiera, se encontró con la gran sorpresa que la muerte de Jesús fue la destrucción del enemigo. Después de que Jesús se hizo bautizar, fue impulsado por el espíritu al desierto para ayunar por cuarenta días, y después de que venció la tentación, Lucas dijo: “Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos” (Lucas 4:14,15). Podemos ver que el poder vino sobre la vida de Jesús, después de que él venció la tentación.

Debemos entender que es el Espíritu Santo quien nos ayuda a morir a nuestros propios deseos, pues cuando tenemos control sobre ellos, es porque la fuerza del Espíritu está gobernando sobre nuestras vidas. Razón por la cual a diario debemos someter nuestros pensamientos, deseos y palabras a la voluntad de Dios. De esta manera estaremos listos para caminar en el propósito para el cual Dios nos llamó; que es la salvación de las almas. Así como un día obtuvimos la salvación de una manera gratuita, también gratuitamente debemos esforzarnos por compartir este mensaje con otras personas. Debemos invitar al Espíritu Santo a ser quien lidere nuestras vidas, la de nuestra familia y también a nuestro ministerio.

Debemos pedirle que sea quien se encargue de nuestra casa y que nos ayude a tener hogares sacerdotales. Debemos tener cuidado de hacer la obra de Dios en nuestras propias fuerzas, sino en las fuerzas de él. Pablo dijo: “Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego” (1 Corintios 3:12-15).

El éxito del ministerio del Señor Jesús, se debió a que fue obediente en todo aquello que su Padre le había confiado; también a que hizo equipo con el Espíritu Santo y cada paso que él daba, lo hacia en armonía con él. Cuando los fariseos lo criticaban por la manera como Jesús expulsaba los demonios de los cuerpos, lo quisieron señalar de que lo hacia por obra de Belcebú príncipe de los demonios. Jesús les dijo: “Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios”. (Mateo 12:28-29).

Podemos ver que la mejor manera para establecer el Reino de Dios en esta tierra, es echando fuera a satanás y esto lo podremos hacer siempre y cuando estemos llenos del Espíritu de Dios. Es el Espíritu Santo quién nos ayuda a entender y obedecer la palabra de Dios de una manera diligente. Es el Espíritu Santo quien nos unge de una gran compasión para poder llevarles el mensaje de esperanza a aquellos que están deambulando por las sendas de incertidumbre de este mundo. Jesús no solamente se esforzaba en predicar el mensaje de salvación, sino que pudo identificarse con las diferentes necesidades de la gente, razón por la cual todos los que acudían a Él encontraban un bálsamo para su alma.

El Señor no sólo los confortaba con palabras, sino que tenía la capacidad de sanarles las heridas del corazón.

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DÍA 6 · FORTALECIDOS EN EL ESPÍRITU

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