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reflexionar

“Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia” (2 Pedro 1:4).

Es increíble la manera como el apóstol corre el velo y nos revela la manera como podemos nosotros llegar a ser participes de la naturaleza divina. Recuerde que la estrategia de Satanás con la primera pareja fue hacerles creer que ellos llegarían a ser como Dios, si comían del fruto del árbol prohibido, sin comprender que su desobediencia directamente los descalificaría. Ahora el Señor a través del apóstol, nos hace el mismo ofrecimiento, y pone a nuestra disposición el árbol donde están los frutos de las promesas divinas, para que los degustemos, ya que cuando las promesas de Dios entran en nuestros corazones, nos mantendremos alejados de la corrupción que ha contaminado a este mundo.

Jesús dijo a sus discípulos: “He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. (Lucas 24:49).

Piense por un momento la situación que vivieron los apóstoles por varias semanas, ellos experimentaron emociones encontradas, vieron como su maestro había entrado de una manera triunfal a Jerusalén, el pueblo le aclamaba y lo honraba; no obstante, este escenario no duró mucho, al poco tiempo todo el panorama cambió, Judas traicionó al maestro y lo vendió por 30 monedas de plata, con todo esto los discípulos veían que su esperanza y sus sueños a través de la redención de Jesús se esfumaban.

Los apóstoles que habían acompañado al Señor por tres años y medio experimentaron como en poco tiempo los sueños se disipaban, vieron a Jesús ser flagelado, torturado, escarnecido en todas las formas y finalmente ser crucificado. Cuando Jesús estaba muriendo, sus discípulos lo vieron dar su último suspiro y escucharon cuando clamó y dijo: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Sin embargo, que gran alivio sintieron cuando Jesús se les apareció después de haber resucitado de entre los muertos, sellando así su encuentro al darles esta tremenda promesa.

Promesa en la cual ellos de una manera diligente perseveraron en oración hasta que llegó el día del Pentecostés; allí todos fueron llenos del Espíritu Santo. Ese día todos fueron hechos participes de la naturaleza Divina, porque el Espíritu Santo había venido a morar en cada uno de ellos.

Aquel día los corazones de los que tuvieron esta vivencia, jamás volvieron a ser los mismos. Pedro ante las críticas de la gente se levantó lleno de autoridad y denuedo, testificando sobre Jesucristo impactando los corazones de 3 mil judíos que después de esto decidieron tomar su decisión por Jesús. Y así como el Espíritu Santo estuvo en Jesús ahora él quiere estar en los corazones de aquellos que se apropien de sus promesas.

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Charles Spurgeon dijo: “Existe una gran diferencia entre la luz y el ojo que la ve. Un ciego puede saber mucho acerca del brillo del sol, pero éste no brilla para él, no le da luz. De igual modo, saber que “Dios es luz” es una cosa (1 Juan 1:5), pero decir: “El Señor es mi luz” es algo muy distinto”.

La profecía bíblica dice: “El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; y a los asentados en región de sombra de muerte, luz les resplandeció” (Mateo 4:16). Los que ya habían perdido toda esperanza de vida y se habían resignado a que la muerte viniera por ellos, fueron iluminados con la predicación del evangelio. Entendieron que en la antesala de la destrucción eterna, la muerte se pasea con destellos de luces que anestesian la conciencia de los que ha logrado atrapar y que caminan a pasos agigantados a su propia condenación.

La muerte ofrece un foco tenue de luz para que los incautos no miren el Sol de Justicia que está en la vida de nuestro Redentor.

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DÍA 23 · PARTÍCIPES DE LA NATURALEZA DIVINA

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