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reflexionar“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios”. (Salmos 51:17)

Los judíos eran expertos en lo que a sacrificios se refiere, ellos conocían muy bien cual era el sacrificio que se requería para cada situación. No obstante, el salmista David se sale del contexto tradicional y habla de un sacrificio que va mas allá del ritual tradicional y del cual concluye diciendo que este si es el verdadero sacrificio: El espíritu quebrantado.

David después de que pecó contra Dios en lo concerniente a Betsabé la mujer de Urías heteo, hizo todo lo posible por mantener su pecado oculto, sin embargo, Dios sacó todo a la luz a través del profeta Natán. Cuando David comprendió que su pecado había ofendido a Dios, algo que no quiso entender desde un principio y después de ver los efectos devastadores del pecado, se humilló delante de Dios y sintió como su espíritu se deshizo dentro de él.

David quitó todas las barreras que protegían su espíritu y corazón, quedando así postrado ante Dios, diciéndole: “Señor estoy en tus manos, puedes levantarme o destruirme, y no hay nada de lo que yo pudiese echar mano para justificarme delante de ti”. Esto demostró que David estaba verdaderamente arrepentido.

“Porque yo reconozco mis rebeliones, Y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, Y he hecho lo malo delante de tus ojos”. (Salmos 51:3·4). Cuanto lamentó David no haber tenido dominio propio al enfrentar la tentación; posiblemente pensó, ¿Por qué no medí las consecuencias de mi pecado?

Ya había cometido y reconocido su pecado, pero ¿Cómo podía reparar el daño? David sabía que ya no había vuelta atrás; no obstante, David le dijo al Señor: “Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve” (Salmos 51:7). Luego afirma: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí”. (Salmos 51:10)

¿Por qué David le dice al Señor: “Crea un corazón limpio”? Si lo mas fácil era decirle que purificara su corazón. Posiblemente David entendió que su corazón se había endurecido y por eso había pecado. Ahora le pide al Señor que quite de su ser ese corazón de piedra y le dé uno de carne.

Con seguridad comprendió que el verdadero arrepentimiento significa un cambio de mente, dar media vuelta o regresar en u; en otros términos, implica un cambio de actitud.

El genuino arrepentimiento siempre se refleja en el fruto de una vida. Es un proceso donde el individuo reconoce sus pecados y admite que hizo algo muy grave contra Dios. Dicho arrepentimiento se produce al quebrantar su corazón y al humillarse ante Él e implorar Su misericordia, esto va acompañado de un dolor profundo por haberle fallado a Dios.

Cuando hay un verdadero arrepentimiento, vemos el pecado con los ojos de Dios, sintiendo un gran dolor por haberle fallado.

David se doblegó, no hizo una oración tibia, por el contrario se humilló y gimió porque sus ojos espirituales se habían abierto. Entendió que necesitaba el socorro divino. Tuvo conciencia de su pecado y no se justificó.

El arrepentimiento conduce a un cambio interno producido por la voluntad.

Recordemos que David le pide al Señor: “No me eches de delante de ti, Y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, Y espíritu noble me sustente”. (Salmos 51:11·12)

Que gran enseñanza la de David, que aunque le falló al Señor, no se quedo postrado, sino que se doblegó y puso su corazón de nuevo en las manos de Dios, siendo así levantado por Él de una manera sobrenatural.

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David al ser confrontado con su pecado imploró: “Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado, porque reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante de Ti” (Salmos 51:2·3).

Tuvo conciencia del pecado, no lo justificó, lo admitió, reconoció sus rebeliones. Sabía que le había fallado a Dios al hacer lo malo delante de Sus ojos. Reconoció la debilidad de la naturaleza humana heredada de sus padres: “… he aquí, tú amas la verdad en lo íntimo y en lo secreto de mi corazón me has hecho comprender la sabiduría y entender el camino correcto, purifícame con hisopo y seré limpio” (Salmos 51:6·7).

Hoy podríamos decir: “Señor Jesús, purifícame con Tu Sangre y seré limpio; lávame con Tu Sangre preciosa y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría y se recrearán estos huesos que has abatido”.

David sabía que si el pecado es quitado plenamente del corazón del hombre, el gozo y la alegría serán restaurados en la vida de él.


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DÍA 19 · LO QUE AGRADA A DIOS

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