FEBRERO 25 · DÍA DE SALVACIÓN

Debemos entender que la salvación de las personas depende del encuentro que éstas tengan con Jesús. Somos conscientes como sólo en Él hallarán la respuesta a cada una de sus necesidades. Dios nos ha llamado y nos ha confiado la sublime misión de procurar, interceder y abogar por ese encuentro. Por eso, debemos pedirle al Señor que nos dé la gracia para lanzarnos con diligencia a rescatar a quienes están en tinieblas y trasladarlos a la luz admirable de la verdad, mostrándoles un camino mucho más excelente que el que ellos conocen. 

Jesús, poco antes de ascender a los cielos, se manifestó a sus discípulos y les dijo: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Los primeros creyentes, de los cuales leemos en el libro de los Hechos, al dar inicio a su labor ministerial, lo hicieron dependiendo solamente de la guía del Espíritu Santo. Fue Él quien los capacitó, los fortaleció y les impartió sus dones; esto los elevó a una posición de autoridad, la cual ejercían en todo lugar a donde iban. El Espíritu Santo les revelaba la condición espiritual de la región, de esta manera ellos sabían contra qué debían enfrentarse. Al nosotros recibir el poder de Dios, a través de Su Espíritu, no sólo discerniremos los poderes demoníacos que operan en los aires, sino que nos convertiremos en testigos eficaces de la obra redentora del Señor Jesús.  

Piense en esto: ¿Cuántas personas podrían ir al infierno si usted hoy deja de predicarles? Posiblemente quiera pedirle al Señor que le haga un evangelista, permita que Dios mude su corazón en un de compasión por aquellos que no le conocen aún.