25 DE JULIO · UNA DETERMINACIÓN DE AMOR

Jesús sabía que venía a este mundo a cumplir una de las misiones más delicadas: La redención de la humanidad. Él era consciente de que si no la llevaba a cabo, no habría una segunda oportunidad de salvación para Su pueblo. Los sacrificios practicados semana a semana por Israel no eran suficientes para borrar la culpabilidad de sus almas, y por eso, Dios Padre tuvo que permitir que Jesús viniera a este mundo y se convirtiera en el Cordero de expiación; la Cruz del Calvario, era el único sacrificio viable para exonerarnos del pecado de nuestros corazones y liberarnos.

Lo primero que debemos entender es que la determinación de amor que Jesús tuvo nos redimió. Son muchos los hombres que en este mundo han escalado los más encumbrados peldaños de la fama, a tal punto que muchos de sus seguidores los tienen por divinidades y otros con alegría ofrendan sus vidas para defender sus ideales.

Pero no existe nadie que pueda compararse con Jesús y quisiera compartir algunas de las cacterísticas que hacen a Jesús un ser único e incomparable.

Siendo Dios, se hizo hombre. “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8).

Siendo rico, se hizo pobre. “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

Siendo santo, se hizo maldición. “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)” (Gálatas 3:13).

Siendo justo, se hizo pecado. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Siendo sano, llevó nuestras enfermedades y dolores. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

Apreciado amigo, el día de hoy quisiera invitarlo para que la misma determinación de amor hubo en Jesús pueda estar en su corazón, para que usted también pueda ir y transmitir este mensaje de esperanza a otros que tanto lo necesitan.