ENERO 28 · DESDE LA NIÑEZ

 Timoteo tenía una gran ventaja, pues tuvo la bendición de que tanto su madre como su abuela fueran personas de fe, una fe que se alcanzó por el contacto que ellas tuvieron con la Palabra. Dios les permitió transmitirla a Timoteo. Como padre de cuatro hijas y un varón, juntamente con mi esposa nos propusimos enseñarles desde una temprana edad, a cada uno de ellos, las verdades de la Palabra de Dios y nos dimos cuenta que en el lenguaje de ellos, de una manera dinámica la Biblia se fue convirtiendo en Su manual de comportamiento. Sabemos que la Biblia contiene los principios que pueden hacer sabio al hombre, operando una profunda transformación en todas las áreas de la vida. El Señor dijo: “Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado” (Juan 15:3). Solo por mantener contacto con la Palabra de Dios, el Espíritu Santo va limpiando nuestros corazones. Las más grandes enseñanzas que logramos plasmar en los corazones de cada una de nuestros hijos fueron en los momentos de esparcimiento, cuando compartíamos de las actividades que a ellos les gustaban. Siempre se daba el momento para que expresaran sus inquietudes y aprovechábamos muy bien que esas verdades eternas quedaran marcadas en sus corazones. El apóstol Pedro enseñó: “Desechando, pues, toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones, desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación” (1 Pedro 2:1-2). Para desear la Palabra de Dios y anhelarla en el corazón, primero tenemos que arrancar y desechar toda malicia. ¿Qué sucede si a la leche se le mezcla un poco de limón, o de vinagre? La respuesta es muy sencilla, la leche pierde su pureza. La manera de quitar la malicia del corazón es a través del arrepentimiento, que culmina en una genuina confesión de pecados.