SEPTIEMBRE 16 · DE MALDICIÓN A BENDICIÓN

El profeta Isaías logra plasmar en este pasaje la verdadera condición de alguien cuya vida ha sido invadida por el pecado y la maldad. La Biblia compara el pecado y la maldición con enfermedad, llagas e inflamación. Y es que ese es el resultado de una vida pecaminosa, la maldición que no solo afecta a la persona que cometió la falta sino a una descendencia completa. 

A pesar de todos los pecados que como seres humanos hemos cometido, Dios nos sigue viendo como a Sus hijos. Al igual que un padre compasivo, buscó la manera de salvarnos, y encontró que la única vía de redención era por medio de Su Hijo Jesucristo. Dios tenía que tomar una decisión, o destruía a toda la humanidad nuevamente, o castigaba a la humanidad en la persona de Su Hijo unigénito. 

Sabemos que Jesús aceptó tomar nuestro lugar e ir al suplicio de la crucifixión. 

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). 

Al recibir la revelación de la Cruz, veremos con claridad el rostro de la maldición. Como dijo el profeta Isaías, veremos lo que nunca nos fue contado, y entenderemos lo que jamás habíamos oído (Isaías 52:15). 

Aquel que batalló con alguna enfermedad y luego recibió la sanidad, se identifica con los que padecen dolencias físicas. Lo mismo sucederá en su vida si puede llegar a sentir lo que Jesús sintió en la Cruz del Calvario, pues esto le permitirá ayudar a muchas personas, que de otra manera no lo lograría. 

El apóstol Pablo fue uno de los hombres que más se esforzó por llevar el mensaje de salvación al mundo. ¿Por qué? Porque experimentó la revelación de la Cruz, él dijo: 

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). 

Nadie podría expresar estas palabras que declaró el apóstol, a menos que lo hubiese vivido. Pablo supo del poder de Jesús viviendo en él, pero primero tuvo que experimentar la Cruz.