11 DE ABRIL · DANDO LO MEJOR DE MÍ

Ana se casó con la gran ilusión de levantar una familia para Dios; anhelaba transmitir a su próxima generación cuánto amaba ella al Dios de Israel. Luego de que algunos años pasaron fue golpeada con la gran desilusión que no podía quedar embarazada, sumado a ello debía soportar las burlas de Pinina, que constantemente la humillaba por su situación. “Y su rival la irritaba, enojándola y entristeciéndola, porque Jehová no le había concedido tener hijos” (1 Samuel 1:6).

Un año, ya cansada de su dolor, Ana acudió a la casa del Señor, que era el lugar del sacerdote Elí, dispuesta a orar, a derramar su corazón y clamar por su milagro anhelado. Pero entendió que para mover la mano de Dios, no sólo debía orar sino que era necesario que su oración estuviera acompañada de una ofrenda. Le fue revelado en ese momento que debía entregar a Dios lo que más amaba, y el mayor anhelo del corazón de Ana era tener un hijo varón. Era muy grande el sacrificio de dar a Dios lo que era su única esperanza, pero al advertir que era la clase de ofrenda que agrada al Señor y que cambiaría su destino al hacerla, unió la ofrenda a su oración. Y Ana hizo voto a Dios. Prometió que, si le daba el anhelado hijo varón, lo dedicaría a Él, se lo entregaría.

En el corazón de Ana no había duda de que el Señor le había escuchado y que su oración ya estaba en Sus manos. Concibió el milagro a través de la fe, adquiriendo así la sustancia de lo que pidió a Él. Cuando se levantó de su oración, ya se sentía madre de un hijo varón y, por eso, no estuvo más triste.

Hay un momento en la oración en que batallamos con los pensamientos y sentimos que se interrumpe; pero si logramos prevalecer hasta sentir que llegó a Dios, viene una profunda paz que sobrepasa todo entendimiento. Ana batalló muchos años en sus pensamientos, pero su determinación puso su oración en las manos de Dios.

De igual manera, la ofrenda que usted da es una llave que permite que su oración se oiga en los cielos. Anhele ofrendar como Ana. Que su ofrenda toque el corazón de Dios, haciendo que su oración de fe sea un altavoz cuyo sonido estremezca los cielos y llegue con poder ante el Señor. Con su decisión, Ana demostró ser una mujer que confiaba en Dios.