30 DE OCTUBRE · DANDO FRUTO DE VIDA

Continuamente el Señor Jesús uso parábolas para definir el desarrollo espiritual de las personas, comparándolo con la fructificación. “O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol” (Mateo 12:33).

“El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca”. (Lucas 6:44,45). En otras palabras: “¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías 13:23).

Cuando el mal entra en el corazón de una persona, no hay manera de que esta llegue a cambiar a no ser que pase por un proceso de un genuino arrepentimiento. Y esto se vera reflejado en el fruto que la persona este dando. Cuando el hombre peco, la semilla del mal quedo arraigada en el corazón de este. La muerte y resurrección del Señor Jesús equivale a nuestra muerte al pecado y al renacer a una nueva vida. Al aceptar a Jesús en nuestro corazón, el Señor pone la semilla de vida por medio del Espíritu Santo. Y la presencia de él se manifestara a través del fruto que nosotros demos.

El escritor a los hebreos dijo: “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre” Pero ¿Cuál es ese fruto? el mas importante de todos es: El amor. Nada somos sin el amor.   Durante el desarrollo de Su ministerio en la tierra, Jesús se caracterizó por andar en las calles mostrando compasión por los perdidos, manifestando amor donde quiera que iba, y para Él éste fue el principal distintivo, de aquellos que habrían de considerarse Sus seguidores; Razón por la cual dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvieres amor los unos con los otros” (Juan 13:34).

Pablo escribió: “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:2-8).