10 DE AGOSTO · CUIDANDO NUESTRA PALABRAS

“Guarda silencio ante Jehová, y espera en él. No te alteres con motivo del que prospera en su camino …Deja la ira, y desecha el enojo.” (Salmos 37:7-8)

El salmista quiere prevenir a los creyentes para que no cometan un error por ser precipitados en sus palabras o sus actos, y nos invita a guardar silencio. David estuvo cerca de Saúl, el primer rey de Israel y vio como por impaciente había perdido todo. El profeta Samuel dijo al rey que lo esperara para ofrecer el sacrificio, pero Saúl consideró que se demoraba y quebrantó la ley ofreciendo él, el sacrificio. Pensaba que Dios le respondería más rápido; después de esto, apareció el profeta Samuel y, como resultado de su error, fue desechado.

Perdió el reino, su familia y su salvación. David también expreso: “Por Jehová son ordenados los pasos del hombre, Y él aprueba su camino”. (Salmos 37:23). Guardar silencio ante Dios es aprender a esperar Su tiempo. Él nunca llega tarde, mas tiene que probar la mente y el corazón. Siempre las circunstancias adversas tratarán de hacernos hablar precipitadamente y sabemos que, cuando se pierde la paciencia, se pueden cometer muchos errores. Aprendamos a esperar en Dios, porque Él nunca llega tarde ni demora Sus promesas, sino que en Su tiempo las cumple. Otro consejo que nos da David es dejar la ira y desechar el enojo. El enojo viene como un pequeño malestar por algo con lo que no estamos de acuerdo y nos incomoda, pues creemos que estamos en lo cierto.

El Apóstol Pablo dijo: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo” (Efesios 4:26b-27). Da entender que el enojo no debe consentirse ni por un solo día en el corazón, pues no es estático sino que, si no se desecha, crece hasta convertirse en ira y, cuando la ira entra al corazón del hombre, lo incita a pecar. Así se da lugar al diablo, pues las personas son incitadas a hacer lo malo y vengarse por sus propios medios. “Porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra” (Salmos 37:9). Dios quiere que seamos perfectos en Él.

Nos fijó una gran meta y nos colocó el máximo ideal: la perfección. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Dios nunca fija metas que no podamos cumplir. Él colocó ese modelo, lograr la perfección al nivel del Padre, pero muchos se han cuidado de cosas graves, tales como adulterio, fornicación, embriaguez, aborto, descuidando las áreas pequeñas en su vida. Dijo el sabio Salomón: “…las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas…” (Cantares 2:15); muchos creyentes con grandes ministerios y liderazgos potenciales muy fuertes caen por pequeñas actitudes.

Yo puedo determinarlas como indiscreciones que han entrado en sus vidas. El propósito divino es que pasemos por el fuego y el agua, que seamos probados. Es necesario porque ellos determinan la clase de carácter interno que hemos adquirido. Lo que somos internamente se expresa por medio de nuestras palabras, nuestros pensamientos y nuestros actos.