14 DE OCTUBRE · CUIDANDO MIS PALABRAS

Cuando Josué estaba conquistando la tierra de Canaán, y libraba una de las más aguerridas batallas que hubiese tenido, ya estaba oscureciendo y él sabía que si esto sucedía no alcanzaba a derrotar a todos sus enemigos, así que asumió una actitud de fe, y levantó su voz, diciendo: “Sol detente en Gabaón y tú luna en el Valle de Ajalón”. Sus palabras fueron pocas, pero inmediatamente el sol y la luna se detuvieron, y no hubo noche, no oscureció. Todos los enemigos esperaban que oscureciera y esto no ocurrió porque un hombre entendió el poder de las palabras, actuó en fe, Dios lo honró. Salomón dijo: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos”.

Si empieza a cambiar ese modo de actuar, de pensar y de hablar y comienza a verse como la persona que Dios quiere que usted sea, su vida y su ministerio cambiarán de manera radical. El enemigo quiere hacerle ver como el más pequeño, pero usted debe entender que Dios le ha puesto por cabeza y no por cola; el Señor Jesús se caracterizó por actuar y hablar siempre con autoridad. Usted puede ver que cuando un agente de tránsito se para en una gran avenida y extiende la mano, hasta los camiones más grandes, así se desplacen a gran velocidad, tienen que obedecer su autoridad; de igual forma el Señor nos dio la palabra de autoridad. El dijo a sus discípulos: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre” (Juan 14:12).

Podremos ver milagros extraordinarios si solamente creemos a la Palabra de Dios. A veces nosotros mismos nos encargamos de poner ciertos obstáculos enseñanza de la Palabra. Estuve orando por un general en retiro, un hombre de unos 73 años quien llevaba ocho años inválido. Cuando lo vi, le pregunté: “¿General, usted cree que Dios le va a sanar? Él me miró y me dijo: “Estoy tan viejo que difícilmente podré creer que suceda un milagro”. Como él, muchas personas aceptan que la enfermedad tome dominio de sus cuerpos, pero no hice caso de la actitud negativa de este hombre, le hablé de las promesas de sanidad para su vida, y en la medida que le explicaba las Escrituras su fe fue aumentando; luego me pidió que orara por él y repitió la oración de fe, le impuse las manos y le dije: “¡En el nombre de Jesús, levántese y ande!”, y empezó a hacerlo hasta lograr quedar en pie. Sus dos piernas se veían tan endebles, que daba la impresión de que ya se iba a caer, pero le dije: “Empiece a caminar en el nombre de Jesús”.

Así comenzó a dar pasos, y en la medida en que avanzaba, sus piernas iban fortaleciéndose. Aquel día este hombre vivió el milagro más grande de su vida, el cual permaneció en él hasta el día de su muerte. La palabra de autoridad, tiene el poder de mover aún las montañas más encumbradas. Dios quiere llevar a cada uno de sus hijos al mismo nivel de autoridad que tuvo el Señor Jesús.