AGOSTO 14 · CRISTO VIVE EN MÍ

La morada del Padre se conoce como el Lugar Santísimo. Cuando Jesús murió, lo primero que hizo fue entrar al Lugar Santísimo con Su Sangre. El Padre se sentía satisfecho por el éxito de la misión de Su Hijo pues, al mantenerse en santidad, preservó la pureza en su código genético. “y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:12).

De esta manera, Jesús fue quien abrió el camino para que muchos pudiéramos entrar a la Presencia del Padre. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Hebreos 10:19).

Dios solo se relaciona con el ser humano por medio de pactos y el más importante es el pacto con la Sangre que Su Hijo Jesús; la cual  derramó en las últimas horas de Su vida.

Las profecías del Antiguo Testamento señalaban ese momento, donde el cielo se paralizó y los ángeles guardaron silencio; no obstante las huestes del infierno celebraban este acontecimiento como si hubiesen obtenido el trofeo más preciado de todas las épocas. Satanás estaba seguro de que una vez Jesús diera su último suspiro, él se convertiría en el amo y Señor de todo el universo. Pero Satanás nunca se imaginó que la muerte de Jesús se convertiría en la destrucción total del adversario. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? 56ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. 57Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”. (1 Corintios 15:55-57).

El apóstol Pablo tenía un cuadro de la redención muy claro, pues en cada enseñanza reflejaba su propia vivencia de la obra redentora, y dijo: “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gálatas 6:14). Una manera como el apóstol sintetizó su vida cristiana fue al decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).