5 DE AGOSTO · CONQUISTANDO NUESTRA PROPIA VIDA

Nuestra vida es como la tierra de Canaán. Cuando Josué tomó posesión de ella, debía erradicar a todas las naciones establecidas allí y no pactar con ninguna. De manera similar, nuestra vida era antes dominada por deseos impuros que se habían levantado y rebelado contra Dios.

Al igual que los cananeos, filisteos, amorreos, jebuseos y demás pueblos nos dejamos llevar por la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire y seguimos los deseos de la carne, haciendo nuestra voluntad, doblegados ante los propios pensamientos, nos dejamos llevar por la ira, creyendo que era el comportamiento normal. Al aceptar a Jesús como Salvador personal, empezó la etapa de conquista en nuestra vida. Josué no debía aliarse con ningún morador de Canaán sino destruirlos a todos, no perdonar hombres, ni mujeres, ni niños, ni aún los de pecho.

Esto significa que no podemos hacer alianzas con los enemigos internos y que, de igual manera, no debemos consentir ningún deseo de la carne, sino exterminarlos en nuestra vida. El libro de Jueces enseña que el pueblo de Israel no erradicó a los moradores de Canaán, los subyugó, haciendo que los cananeos le pagaran tributo. Dios tuvo que enviar Su ángel con una reprensión fuerte, diciendo que Él les había prometido que no invalidaría jamás Su pacto con ellos, si no hacían alianza con los moradores de Canaán, cuyos altares debían derribar. Ellos no atendieron Su voz.

“¿Por qué habéis hecho esto? Por tanto, yo también digo: No los echaré de delante de vosotros, sino que serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero” (Jueces 2:1-3). El pueblo pensó que subyugar al enemigo sería suficiente, mas el mandato de Dios era desarraigarlos del territorio; no conviviría Israel con sus enemigos, porque en un momento podían levantarse contra ellos y vencerlos. Esto fue lo que aconteció.

Llegó el momento cuando Israel se descuidó y debilitó y los cananeos crecieron y se hicieron fuertes. Lo mismo sucede con algunas personas; mientras están en ayuno, en oración y en contacto con la Palabra mantienen al enemigo subyugado, mas cuando se llenan de actividades, demasiado estudio o exceso de trabajo empiezan a debilitarse. No pueden orar ni ayunar o interceder como lo hacían, se debilitan y el enemigo, antes subyugado y acallado, se fortalece, se levanta con fuerza y los esclaviza con los deseos de ayer.

Por esto muchos que dicen amar a Dios, viven esclavos de sus impulsos y deseos, sintiéndose derrotados y miserables. Dios no quiere que usted haga alianza con el enemigo. Él quiere que arranque de su corazón y de raíz aquello que lo dominó en el pasado.