26 DE MAYO · CONQUISTANDO NUESTRA PROPIA VIDA

Nuestra vida es como la tierra de Canaán. Cuando Josué tomó posesión de ella, debía erradicar a todas las naciones establecidas allí y no pactar con ninguna. De manera similar, nuestra vida era antes dominada por deseos impuros que se habían levantado y rebelado contra Dios. Al igual que los cananeos, filisteos, amorreos, jebuseos y demás pueblos, nos dejábamos llevar por la corriente de este mundo, que es gobernado por el príncipe de este mundo.

Al aceptar a Jesús como Salvador personal, empezó la etapa de conquista en nuestra vida. Josué no debía aliarse con ningún morador de Canaán sino destruirlos a todos, no perdonar hombres, ni mujeres, ni niños, ni aún los de pecho. Esto significa que no podemos hacer alianzas con los enemigos internos y que, de igual manera, no debemos consentir ningún deseo de la carne, sino exterminarlos en nuestra vida.

El libro de Jueces enseña que el pueblo de Israel no erradicó a los moradores de Canaán, los subyugó, haciendo que los cananeos le pagaran tributo. Dios tuvo que enviar Su ángel con una reprensión fuerte, diciendo que Él les había prometido que no invalidaría jamás Su pacto con ellos si no hacían alianza con los moradores de Canaán, cuyos altares debían derribar. Sin embargo, ellos no atendieron Su voz. “¿Por qué habéis hecho esto? Por tanto, yo también digo: No los echaré de delante de vosotros, sino que serán azotes para vuestros costados, y sus dioses os serán tropezadero” (Jueces 2:2b-3). El pueblo pensó que subyugar al enemigo sería suficiente, mas el mandato de Dios era desarraigarlos del territorio; no conviviría Israel con sus enemigos, porque en un momento podían levantarse contra ellos y vencerlos.

Esto fue lo que aconteció. Llegó el momento cuando Israel se descuidó y se debilitó y los cananeos crecieron y se hicieron fuertes. Lo mismo sucede con algunas personas: mientras están en oración y en contacto con la Palabra de Dios mantienen al enemigo subyugado, mas cuando se llenan de actividades, demasiado estudio o exceso de trabajo, empiezan a debilitarse. No pueden orar ni interceder como lo hacían antes, se debilitan y el enemigo, antes subyugado y acallado, se fortalece, se levanta con fuerza y los esclaviza con los deseos pecaminosos del pasado, sintiéndose derrotados y miserables. Dios no quiere que usted haga alianza con el enemigo. Él quiere que arranque de su corazón y de raíz aquello que lo dominó en el pasado.

“Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.” (Romanos 8:9).