19 DE ABRIL · EL PODER DE LA COMPASIÓN

El profeta asumió de una manera personal la causa de la aflicción de esta familia, y la hizo su carga de oración. Eliseo estaba determinado a que Dios le revelara la manera más eficaz para interceder por este asunto. Estaba dispuesto a hacer lo necesario, con la confianza de que el niño regresaría a la vida. La amabilidad de aquella mujer hacia él, en el pasado, era un argumento poderoso a favor de ella en el mundo espiritual, tanto que el profeta se había ofrecido para interceder a su favor ante el rey y ayudarle.

En esta ocasión Eliseo sabía cuál era la necesidad de la mujer. Ella le pide que interceda, no ante el rey sino ante el mismo Dios, para que Él extendiera Su misericordia y su hijo volviera a la vida. Por ese motivo, Eliseo decidió quedarse a solas con Dios para presentar el asunto ante Él. El profeta sabía como lo que le pedimos a Dios en nuestra recámara secreta tendrá recompensa en público (Mateo 6:6). Estaba determinado a creer que Dios le respondería prontamente; el cadáver estaba justo en su cama y sabía que no podía ser indiferente ante esa situación. El profeta no iba a acostarse sabiendo que había una persona muerta a su lado, él sabía que debía quedarse velando en oración hasta que el milagro aconteciera.

El salmista David dijo: “Bendeciré a Jehová que me aconseja; aun en las noches me enseña mi conciencia. A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Se alegró por tanto mi corazón, y se gozó mi alma; mi carne también reposará confiadamente; porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Salmos 16:7-10a). Esta parece ser la oración de Eliseo, pues oraba por la vida del niño como si fuera su propia alma. Sabía que Dios no lo dejaría ir a la sepultura, sino que haría el milagro y le devolvería la vida. Este salmo es el que debemos orar para que el Señor manifieste Su misericordia a quienes están muertos espiritualmente, intercediendo como si fuera nuestra propia alma, perseverando hasta ver el milagro de la resurrección en ellos.

“Después subió y se tendió sobre el niño” (Verso 34).

Eliseo puso en acción toda su fe y decidió unir su cuerpo con el cadáver del niño; lo hizo de tal modo que juntó sus ojos, su boca y sus manos con las del pequeño, para que el cuerpo entrara en calor y recobrara la vida.

Dios quiere que nos apropiemos de la necesidad espiritual de nuestra ciudad y levantemos una nube de oración a favor de ella, que nos extendamos sobre sus habitantes y juntemos nuestra Visión a la visión de ellos, nuestros labios a los labios de ellos y nuestras manos a sus manos, confiando que el Señor usará esta medida de fe para darles vida. Eliseo estaba determinado en su espíritu a que el niño dejara de ser cadáver y volviera a vivir.

Lo que hizo el profeta es lo que nosotros debemos hacer para traer vida a aquellos que están alejados de Dios.