27 DE ABRIL · CAMBIANDO LA AMARGURA EN DULZURA

Que cambio tan brusco el de la congregación de Israel; tres días atrás había toda una celebración, las doncellas danzando los hombres alabando a Dios, todo el pueblo se sentía como la nación mas poderosa del mundo. Habían logrado derrotar al imperio que mas intimido la tierra, tanto su rey como sus nobles y todo su ejercito, quedaron sepultados en lo profundo del mar. ¿Por qué tan corto el tiempo de la celebración? Habían visto con sus propios ojos el juicio de Dios sobre toda la nación de Egipto, donde ésta quedó arruinada, habían visto el exterminio de todos los primogénitos de los egipcios, desde el hijo de Faraón, hasta el hijo de la sirva que trabaja en el molino. Vieron como las aguas del mar rojo se dividieron en dos, haciendo calle de honor para que ellos pasaran en lo seco. Pero después de tres días donde el pueblo desfallecía de sed. Pensaron que Dios los había desamparado y asfixiados por las circunstancias, prefirieron dar rienda suelta a su lengua y levantaron las voces en murmuración contra Dios.

Solo hubo un hombre en toda la nación que hizo lo correcto: Moisés, quien levantó su voz y oró a Dios y el Señor le reveló cuál sería la solución. “… y Jehová le mostró un árbol; y lo echó en las aguas, y las aguas se endulzaron.” (Éxodo 15:25b). ¿Qué fue lo que hizo toda la diferencia? La oración de un hombre con un corazón dispuesto y sencillo y la respuesta divina es que Dios le revela un árbol y lo único que hizo fue arrancar el árbol y arrojarlo a las aguas y estas se endulzaron.

No les parece paradójico que en muchos hogares se encuentran bebiendo las aguas amargas de la traición, la rebeldía de los hijos, quizás la escasez financiera o el flagelo de la enfermedad en alguno de los seres queridos. Si escogen el camino de la queja, esto no les ayudará en nada. Pero si se determinan poner en medio de las circunstancias el árbol de la cruz, todo cambiará. Y al hablar de la Cruz me refiero a aquel que ofrendó Su vida por nosotros, que con Su corazón amoroso aceptó llevar sobre su cuerpo todas nuestras enfermedades y sufrir todos nuestros dolores; también aceptó hacerse maldición para que nosotros pudiésemos alcanzar la bendición.

Él mismo que siendo rico se hizo pobre, para con Su pobreza enriquecer a muchos. El mismo que dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” (Mateo 11:28-30). Este Jesús es el único que puede cambiar la amargura en dulzura.