29 DE MAYO · CAMBIANDO EL TRAUMA EN UN TROFEO

Tuvimos la oportunidad de visitar el hermoso país de Rusia durante una Convención, mientras compartíamos una cena junto al Obispo Sergei, le pregunté si había tenido alguna experiencia sobrenatural. Él sonrió y me respondió:

“Tenía tan sólo seis años. Mi padre era Obispo (cristiano), y en ese momento se encontraba en la cárcel por segunda vez por causa de su fe en Jesús. En aquella época la iglesia sufría una gran persecución y todos los cristianos, incluyendo los niños, éramos rechazados y ridiculizados por la sociedad.

Recuerdo que era invierno, vivíamos en un pueblo llamado Zagoryanka en un suburbio de Moscú; yo no estaba asistiendo a clases aún y ese día regresaba a casa después de un paseo con mis amigos. Nuestros vecinos nos odiaban tanto por ser creyentes que para intimidarme al llegar a casa soltaron la cadena de un perro lobo que ellos tenían para que me atacara. El animal se lanzó sobre mi espalda, gracias a Dios lo que me salvó de la mordedura fue que vestía un abrigo muy grueso; fue algo que no me esperaba y me asusté muchísimo. Otros vecinos al ver lo que sucedía se acercaron a rescatarme, sin embargo, el impacto de este incidente en mi vida fue tan grande que yo literalmente dejé de hablar.

Me volví un niño tartamudo, no era una tartamudez leve, sino que era crónica; mis intentos por hablar hacían reír a los que me rodeaban y comencé a sentirme muy acomplejado e inferior a los demás.

Una noche cuando tenía doce años, estaba orando antes de acostarme y el Señor me dio un sueño. Recuerdo que fue muy raro; yo iba caminando por un campo, hacía mucho sol y yo estaba lleno de pensamientos y deseos de recibir sanidad; en mi sueño yo citaba pasajes de las Escritura. De repente vi una nube que se me acercaba desde el horizonte, en la nube estaba Cristo. Sentí una gran convicción de que Él podía sanarme. La nube se acercó tanto que llegó y se detuvo a pocos metros delante de mí y yo empecé a gritar: “¡Cristo, sáname, dame la oportunidad de hablar otra vez!”. Yo sabía que igual podía servirle al Señor con mi limitante, pero anhelaba algo mejor. De repente Jesús me miró y comenzó a hablarme, lo hacía con una gran sonrisa en Su rostro pero aunque yo podía verlo, no podía escuchar nada de lo que Él decía, una especie de pared invisible me impedía que yo le oyera. Luego el Señor comenzó a ascender al cielo yo corrí a Él gritándole: ¡“Señor sáname, Señor sáname”!, En ese momento la nube desapareció y me quedé en ese campo sin comprender qué podría llegar a pasar.

Aquella mañana desperté como a las siete, mi papá ya se había ido a trabajar y mi mamá estaba preparando el desayuno. Al entrar a la cocina simplemente le dije: “Mami quiero tomarme un té”. Ella me contestó: “Claro que si hijo”. Al instante me miró y dijo: “Hijo, hablaste”, y yo volví a intentarlo y me salió como algo muy natural. Jesús me había visitado y me había sanado.

Ese mismo año, cuando ya había cumplido doce, prediqué la Palabra de Dios por primera vez, y ese fue el principio de mi ministerio. El sueño que Dios había puesto en mi corazón se hizo realidad, fue un gran milagro en mi vida”.