12 DE JULIO · AVIVANDO LA FE

Al ser humano cada día se le dificulta más dedicar tiempo a la oración; los compromisos aumentan, las preocupaciones son mayores, las cargas más pesadas y, por esta causa, el período para orar es cada vez más corto. Por otro lado, la presión que se vive en la recámara secreta de la oración es intensa y, en algunas ocasiones, no sabemos qué decirle al Señor, pues la mente empieza a divagar y rápidamente el tiempo de intimidad se va tan sólo pensando en nuestros problemas o nuestras necesidades.

En otras ocasiones, tendemos a caer en la monotonía y la oración carece de fuerza, posiblemente porque estamos mas pendientes de lo nuestro que de una buena relación con Dios. Cuando esto sucede es una clara muestra de que necesitamos un gran despertamiento espiritual y solo el Espíritu de Dios es el único que nos lo puede dar.

Cuando esto sucede, la oración deja de ser una carga y se convierte en el placer más exquisito. El mayor deleite que experimento es el estar en la presencia del Señor; no hay delicia más grande que la comunión con Él. Mi deseo es estudiar Su Palabra y analizar pasajes bíblicos; mi ferviente aspiración es hablar con el Autor de ese libro, comentarle mis cargas y presentarle mis necesidades. Cuántas veces he entrado al lugar de la oración sintiendo como si mi cuerpo tuviera toneladas de plomo pero, al conectarme con el Autor de la vida, Él se inclina y me dice: “Esas cargas no son para ti, son para mí, déjame que Yo te ayude”.

Todo el peso se disipa y entro en ese deleite, ese placer de dialogar con mi Señor. A través de la oración puedo cambiar el aspecto de las cosas, doblegar las fuerzas que luchan en contra, abrir las ventanas del cielo, llamar la bendición a la vida de mis seres queridos, mis discípulos y el ministerio. Sé que a través de la oración, la presencia de Dios alcanza a las personas por quienes estoy rogando.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve…” (Hebreos 11:1). Dios no tuvo que recurrir a materiales preexistentes para crear el universo. Dios es el arquitecto, o sea, el mismo que diseño y elaboro todo lo que existe; también él hará lo mismo en cada una de nuestras necesidades.

Estimado amigo, le invito a que acuda a Aquel que tiene la respuesta a sus preguntas, a Quien suple las necesidades en su diario vivir y al que trae la sanidad que su corazón necesita; recuerde que esto solo lo puede lograr a través de la oración y la lectura de su Palabra.