6 DE AGOSTO · ATANDO AL HOMBRE FUERTE

“Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear su casa”. (Marcos 3:27)

Este fue un principio instaurado por Jesús. Derrotar al hombre fuerte no es erradicar el mal del mundo entero, esto lo hará el Señor y hay un día preestablecido para ello, sino que es quitar la influencia del mal de su vida, su familia, su casa, sus negocios, sus finanzas, su ciudad y su nación. Desde el momento en que el adversario engañó y sedujo a la primera pareja en el huerto, se ha sentido dueño de este mundo y que puede gobernarlo como mejor le parece.

Pero Dios no nos mandó a enfrentar un enemigo que nos puede derrotar, sino uno que Él ya venció a través de Su muerte. Así como David le cortó la cabeza a Goliat públicamente, Jesús exhibió en la Cruz el acta de decretos que había contra nosotros. Cuando Jesús vino a este mundo, el adversario le ofreció todos los reinos del mundo si solamente lo adoraba, porque le habían sido entregados y los daría a quien quisiera. La respuesta fue: “Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Lucas 4:8). Jesús venció la tentación y luego en la Cruz, a través de Su muerte, aniquiló el poder de Satanás. Por lo cual, después de resucitar, dijo a Sus discípulos: “Toda potestad me ha sido entregada, por tanto id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:18-19).

El Señor no nos ha dejado desprotegidos frente a Satanás y los poderes demoníacos que le acompañan. “…los que creen: en mi nombre echarán fuera demonios…” (Marcos 16:17).

En la Cruz del Calvario, Jesús ató al hombre fuerte. Las heridas que le hizo en Sus manos, ataron al adversario. La corona de espinas que puso en Sus sienes, ató al adversario. La espada que cruzó Su pecho, ató al adversario. Todo lo que el enemigo hizo contra Jesús se convirtió en una atadura contra él y, cuando Él murió, el adversario fue destruido. Porque en la Cruz, Jesús lo ató; pero con Su muerte, lo venció y le quitó toda la autoridad que tenía.

Fue cuando se cumplió la Escritura que dice: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). La muerte de Jesús fue la derrota total del adversario. Usted puede atar al enemigo, tiene toda la autoridad para hacerlo en el Nombre de Jesús. El enemigo no quiere que use el Nombre de Jesús porque es el nombre de Aquel que lo derrotó una vez y para siempre.

Cuando usted dice: “Vengo en el Nombre de Jesús”, el Señor oye Su Nombre y actúa y el enemigo tiembla y desaparece porque él no puede hacer nada contra el que tiene toda la autoridad en los cielos y en la tierra.