8 DE MARZO · ARMAS DE CONQUISTA

Un Soldado de los Estados Unidos de América, durante la guerra civil fue apresado como espía en el campo enemigo y, juzgado sumariamente, fue condenado a muerte. En espera del cumplimiento de la terrible sentencia fue encerrado en un cuerpo de guardia, donde era alimentado por los soldados. Cada vez que le traían la comida, el infeliz lanzaba toda clase de insultos contra el presidente de la República, tan repetidos e injuriosos que causaba la indignación de los soldados que lo custodiaban.

En el día fatal, cuando él esperaba que iban a sacarlo para ser fusilado, el oficial que entró en el calabozo le entregó una nota de indulto firmada por el presidente, añadiendo que era libre, pues Lincoln creía que ya se había derramado demasiada sangre. – ¿por qué me ha perdonado el presidente? Yo nunca he dicho una palabra en su favor, sino todo lo contrario.

A lo que respondió el oficial: – Si fuerais castigado conforme a la Ley tendríais que ser fusilado, pero alguien ha hablado en vuestro perdón. Es un perdón inmerecido, es verdad, pero muestra el carácter de ese buen presidente a quien desconocíais. -Es cierto-respondió el preso-, y por eso he de apreciarlo mucho más. De hoy en adelante seré el ciudadano más leal a tan excelente persona.

Éste es un ejemplo patente del perdón de Dios que no es ofrecido por Jesucristo, quien intercedió y sufrió por nosotros.