20 DE ENERO · ANDANDO EN LA LUZ

Cuentan que los discípulos de un rabino muy sabio, perturbados por la existencia de tanta maldad en el mundo, le preguntaron a su maestro cómo podían acabar con el oscurantismo.

—Bajen al sótano —les dijo el rabino— y traten de barrer la oscuridad con una escoba.

Extrañados, los discípulos obedecieron, pero todo siguió oscuro. Así que el rabino les dijo:

—Consigan palos y úsenlos como armas para ahuyentar a la oscuridad.

Los jóvenes, sumisos, siguieron otra vez el consejo de su maestro, pero ese método tampoco les dio resultado. Entonces el rabino sugirió:

—Si así no sale la oscuridad, griten y traten de espantarla dando alaridos. Pero con eso tampoco lograron nada. Por último, el rabino les aconsejó:

—¿Por qué no enciende cada uno una vela, y entra con ella en el sótano a ver qué pasa?

Tan pronto como el primero de ellos entró en el sótano con su vela encendida, comenzó a disiparse la oscuridad. No podía competir con la luz, por más pequeña que fuera.

Así como aquellos discípulos del sabio rabino, algunos tratan de barrer la oscuridad de su vida con las mejores intenciones, pero no obtienen los resultados deseados.

Es que las tinieblas del pecado de este mundo malvado se disipan de una sola manera: abriendo de par en par las puertas del corazón para que entre radiante luz de Jesucristo. Por eso dijo Jesús: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Porque Cristo, una vez que le demos la oportunidad de comenzar a alumbrar nuestra vida, hará que desaparezca por completo toda sombra de pecado.